
El Gobierno del país, que cuenta con mayoría absoluta, saca a consultas un proyecto de ley que fija una tasa del 2,25% para las plataformas que no lleguen a acuerdos con los editores por el uso de sus noticias
El avance de la IA en Google y los cambios en su algoritmo de noticias acorralan a los medios de comunicación
Tras convertirse en pionera en la regulación del uso de redes sociales por parte de menores de edad, Australia vuelve a dar un paso adelante en otro de los debates más complejos de la sociedad digital: la financiación de los medios de comunicación en una era en la que los sistemas de inteligencia artificial de las grandes plataformas pueden resumir las noticias a los usuarios y reducir las visitas a sus páginas web.
El Gobierno australiano, dirigido por el laborista Anthony Albanese apoyado en mayoría absoluta en la Cámara de Representantes, ha presentado este martes un nuevo modelo para corregir esta situación. Su plan es obligar a corporaciones como Google, Meta o TikTok a compensar económicamente a los medios de comunicación por el uso de sus contenidos informativos a través de acuerdos entre las respectivas empresas. Si se niegan a negociar, el proyecto prevé la creación de un impuesto del 2,25% sobre los ingresos generados por cada plataforma en el país.
Este mecanismo está diseñado para, ha explicado el Ejecutivo de Albanese, para impedir que los gigantes tecnológicos opten simplemente por eliminar los contenidos informativos de su oferta de servicios. Esto es lo que ocurrió en 2021, durante el anterior intento australiano de que estas multinacionales retribuyan a los medios de comunicación por el uso de sus contenidos. Entonces, plataformas como Facebook eliminaron cualquier rastro de noticias de sus plataformas, suprimiendo también páginas y grupos que compartían estos contenidos, como las de sindicatos, de ONGs, de víctimas de violencia de género, meteorológicas, de aviso de incendios o incluso los perfiles oficiales de las administraciones australianas.
En España ocurrió algo similar tras la aprobación del llamado canon AEDE, cuando Google decidió retirar Google News de España en vez de retribuir a los medios de comunicación por el uso de sus noticias.
“Es justo que las grandes plataformas digitales contribuyan al trabajo del periodismo”, ha declarado la ministra de Comunicaciones, Anika Wells, en declaraciones recogidas por EFE. El Gobierno espera que el modelo genere hasta 250 millones de dólares australianos (150 millones de euros) anuales para el sector periodístico.
La normativa se aplicará a empresas con una presencia “significativa” en el mercado de redes sociales y buscadores en Australia. El Ejecutivo ha definido este estatus como aquellas plataformas con una facturación anual superior a los 250 millones de dólares australianos, con al menos cinco millones de usuarios en el caso de las redes sociales y diez millones para motores de búsqueda.
Impuesto a repartir entre los medios
La estructura de la ley busca incentivar el pago directo a los medios, no la recaudación fiscal, recalca el Gobierno australiano.
Por ello, las tecnológicas podrán aplicar descuentos sobre el impuesto total mediante la firma de acuerdos comerciales con los medios. Para fomentar la pluralidad, el borrador establece multiplicadores del 170% para pactos con medios pequeños o medianos y del 150% para grandes grupos editoriales. La norma incluye un límite preventivo por el cual ninguna plataforma podrá cubrir más del 25% de su obligación tributaria mediante un único acuerdo, lo que persigue que la financiación se reparta entre al menos cuatro grupos de comunicación diferentes.
En caso de no satisfacer estos requisitos, el gravamen del 2,25% de sus ingresos en el país sería recaudada por el Gobierno y repartida entre los medios de comunicación. Fuentes cercanas al proyecto explican a elDiario.es que una de las fórmulas que maneja el equipo de Albanese es prorratear la cuantía entre los medios del país en función de los periodistas que tengan contratados a tiempo completo.
El proyecto se ha abierto este martes a un período de consultas que permanecerá abierto hasta el 18 de mayo. “Los grandes portales digitales tienen un papel importante que desempeñar a la hora de facilitar el acceso a las noticias a todos los australianos y, como socios en la innovación, nos gustaría que colaboraran con los medios de comunicación en acuerdos comerciales que beneficien a ambas partes”, ha recalcado el ministro de Hacienda, Daniel Mulino.
En España, donde los medios de comunicación también han abierto este debate con las plataformas, multinacionales como Google ya se han mostrado dispuestas a llegar a este tipo de acuerdos remuneración para que su inteligencia artificial pueda usar los contenidos publicados de los medios.

Inaugurada en 1926, esta ruta conectaba la ciudad de Chicago (Illinois) con Los Ángeles (California), atravesando casi 4.000 kilómetros
Estas son las 5 carreteras más largas del continente europeo
“Si alguna vez planeas conducir hacia el oeste / Viaja por mi camino, toma la mejor carretera / Disfruta de la Ruta 66”, cantaba Bobby Troup en su tema (Get Your Kicks on) Route 66, uno de los más icónicos del rhythm & blues del siglo XX. La canción, lanzada en 1946, ayudó sin duda a popularizar la icónica carretera que conectaba Chicago con Los Ángeles y que este año cumple un siglo.
La Ruta 66 se inauguró el 11 de noviembre de 1926 como parte del sistema de carreteras federales de Estados Unidos, y en aquel momento discurría desde Chicago (Illinois), atravesando Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California, hasta llegar a Los Ángeles. En total, el trayecto se alargaba 3.940 kilómetros, lo que la convirtió en una de las primeras grandes carreteras del país.
Esta dejó de funcionar como carretera oficial en 1985, cuando fue reemplazada por autopistas modernas. Aunque ya no es posible recorrer el trazado original de forma ininterrumpida, muchos tramos todavía existen y mantienen su esencia de antaño, lo que ha permitido que siga siendo uno de los destinos turísticos más populares de Estados Unidos.
Historia de una ruta icónica
Hoy es todo un icono del país liderado por Donald Trump, pero esta carretera empezó a tener un enorme valor para los ciudadanos estadounidenses en los años 30. Sus apodos lo dicen todo: la Ruta 66 sigue siendo conocida como “The Main Street of America” (La Calle Principal de América) y “The Mother Road” (La Carretera Madre).
Para conocer su importancia debemos viajar en el tiempo hasta la Gran Depresión, un momento en que esta ruta se convirtió en la principal vía de escape para las familias de Oklahoma, Texas y otros estados del sur, que huían de la pobreza y las tormentas de polvo en busca de trabajo. Más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, la 66 se convirtió en una ruta clave para el transporte de mercancías.
Con la creación del sistema de autopistas interestatales en los años 50, esta carretera fue perdiendo tráfico hasta que en 1985 quedó desactivada como carretera federal. Sin embargo, muchos de los moteles, gasolineras y pequeños negocios que surgieron a su alrededor siguieron funcionando con el objetivo de atraer a los turistas curiosos por conocer este icónico recorrido.
Que hoy la Ruta 66 siga en nuestro imaginario colectivo también se lo debemos a la infinidad de productos culturales que han hecho referencia a su configuración. Desde la mítica road movie de Dennis Hopper, Easy Rider (1969), a la película de animación de Pixar, Cars (2006), pasando por la icónica canción de Bobby Troup. “Serpentea desde Chicago hasta Los Ángeles / Más de dos mil millas en todo el camino / Disfruta de la Ruta 66”.

La salud laboral sigue siendo una deuda pendiente con uno de los colectivos más vulnerables del turismo: las camareras de piso, esenciales en un sector que bate récords mientras normaliza el desgaste físico de quienes lo sostienen
Hay trabajos que no se asocian de inmediato con enfermedades profesionales evidentes, pero que, de forma sostenida y silenciosa, acaban deteriorando la salud de quienes los realizan. El de camarera de piso es uno de ellos: una profesión esencial para el turismo, pero todavía demasiado invisible cuando se habla de trabajos penosos, a pesar de provocar dolencias crónicas, limitantes e incluso invalidantes. Este 28 de abril, Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo, vuelve a poner sobre la mesa una evidencia incómoda: no se puede enfermar por trabajar.
El turismo emplea a cerca de tres millones de personas en España, en actividades como la hostelería, la hotelería o la restauración. Es un sector que refleja una contradicción cada vez más evidente: el brillo de los datos económicos, que baten récords año tras año y ganan peso en la economía del país, convive con efectos como la gentrificación y con condiciones laborales marcadas por altas cargas de trabajo, horarios extensos e irregulares y salarios por debajo de la media.
Dentro de este ecosistema destaca un grupo especialmente vulnerable: las camareras de piso, que sufren una cuádruple discriminación. Son mayoritariamente mujeres (91%), en muchos casos extranjeras (54%), con bajos niveles de cualificación —lo que limita sus opciones de promoción— y con una edad media creciente, superior a los 45 años en un porcentaje significativo del colectivo.
Esta feminización no ha ido acompañada de una verdadera incorporación de la perspectiva de género en la salud laboral. A diferencia de lo que ocurre en sectores industriales masculinizados, no es habitual medir de forma sistemática las cargas de trabajo. Sin embargo, los factores posturales que afrontan a diario derivan en problemas musculoesqueléticos que a menudo se cronifican, y la exposición a determinados productos químicos tiene efectos diferenciados según el sexo. Es poco frecuente que una camarera de piso alcance la jubilación sin secuelas físicas derivadas de su trabajo.
El peso de las mujeres migrantes en el colectivo añade una capa adicional de vulnerabilidad. Se trata, en muchos casos, de trabajadoras con menor capacidad económica, redes de apoyo frágiles y mayor riesgo de exclusión social. A ello se suman condiciones laborales exigentes y, cada vez más, largos tiempos de desplazamiento hasta los centros de trabajo, que terminan agravando el impacto sobre su salud.
En este contexto, algunas iniciativas recientes apuntan a posibles mejoras. El pasado 15 de abril, el Parlamento de Canarias aprobó, con amplio consenso, una reforma de la ley del turismo que obliga a las empresas a instalar camas elevables, carros motorizados y a realizar estudios de tiempos para medir las cargas de trabajo. Medidas similares ya se habían introducido anteriormente en Baleares, impulsadas también por reivindicaciones sindicales como las de CCOO, apuntando a un cambio de enfoque en la protección de la salud laboral en el sector.
También ponen de relieve la importancia de invertir en tecnología complementaria y no sustitutiva del empleo, algo especialmente relevante en un sector que combina bajos niveles de digitalización y tecnificación con rápidos retornos de beneficios, muchas veces basados en cargas irracionales de trabajo. Una tecnología orientada a la salud laboral será positiva si va acompañada de una adecuada medición de cargas de trabajo, permitiendo mejorar la salud laboral y mitigar el desgaste que se sufre en este ejercicio profesional.
Es una buena práctica que puede marcar un nuevo estándar replicable en otras comunidades autónomas. La extensión de este tipo de medidas, junto con otras orientadas a mejorar la cantidad y la calidad del empleo en el sector hotelero —como el impulso de sellos de hoteles socialmente responsables—, será determinante para corregir algunos de los desequilibrios estructurales que arrastra el turismo.
Todas estas mejoras deben contribuir a medio plazo a mejorar las condiciones laborales, pero no sustituyen otra reivindicación que sigue plenamente vigente: el acceso anticipado a la jubilación. El desgaste acumulado, la edad media creciente del colectivo y las consecuencias físicas del trabajo hacen razonable avanzar hacia la aplicación de coeficientes reductores que permitan adelantar la edad de jubilación.
Detrás de las cifras hay vidas concretas. Mujeres que afrontan jornadas extenuantes que deterioran su salud día tras día, a lo que se suman responsabilidades domésticas y de cuidados. Dolores crónicos, lesiones musculares y, en muchos casos, la necesidad de medicarse para poder seguir trabajando. Un impacto que no es solo físico, sino también creciente en términos de salud mental.
El éxito del turismo no puede medirse únicamente en cifras si se construye sobre el deterioro de la salud de quienes lo sostienen. Defender unas condiciones laborales dignas no es solo una cuestión sectorial, sino un elemento central de cualquier modelo de sociedad que aspire a ser justo. Porque el progreso no puede hacerse a costa de la salud de las personas.

El escritor reflexiona sobre el uso de la violencia, el futuro de Palestina y cómo escribió y publicó clandestinamente una novela premiada a nivel internacional
Cada martes enviamos a tu correo el análisis de la semana internacional de Javier Biosca
Cuando por fin vio a su hermana tras 21 años encerrado en las cárceles israelíes, el escritor Basim Khandaqji se enfadó. Se enfadó mucho porque no podía abrazarla por el dolor de costillas que le había dejado la última paliza que le dieron sus carceleros antes de ponerlo en libertad, me cuenta. Él era parte del lote de intercambio de presos con Israel para poner en marcha el llamado plan de paz de Trump para Gaza —que se quedó en un alto el fuego que Israel viola semana tras semana y en una nueva e indefinida división y ocupación de la franja, pese a que el texto contemplaba la retirada israelí—.
Khandaqji era de ese reducido grupo de los considerados más peligrosos y fue inmediatamente deportado a Egipto. Nunca podrá volver a su casa, en Nablus, Cisjordania. ¿Cómo han sido los seis primeros meses en libertad en el exilio? “Es la pregunta más difícil”, dice. “Intento entrar en contacto con el concepto de libertad, pero hasta ahora no puedo encontrarlo. Después de 21 años en prisiones israelíes, me deportaron de mi país, me condenaron al exilio e intentan aislarme del mundo. La diferencia entre la cárcel y el exilio es enorme, pero la paradoja es que quizá sea más complicado el exilio. Da miedo”.
La intifada era una guerra, ellos atacaban a nuestra población civil y nosotros nos defendimos. Si me preguntas si eso es lo correcto, te digo que no lo es. Pero es una guerra. ¿Qué podíamos hacer? Ahora, sin embargo, creo que deberíamos reconsiderar nuestro concepto sobre la resistencia y sobre la violencia revolucionaria
Basim Khandaqji — escritor
Cosas como mandar un correo electrónico o usar un smartphone han sido algunos de los retos en estos primeros meses, pero eso ha sido lo más sencillo de su adaptación a la nueva vida. “Hay muchos niveles de dificultad en el exilio. En primer lugar, estoy muy lejos de mi patria y no he podido ver a mi familia hasta ahora porque los israelíes les niegan el permiso para visitarme”, dice. “Por otro lado, ahora vivo en un país enorme, Egipto, y hasta ahora no conozco el significado de la distancia y los espacios. La cárcel tiene su propia concepción del tiempo y el espacio, pero aquí, en el mundo de la libertad, es muy diferente”.
Cómo acabó en prisión
Khandaqji fue detenido en 2004 durante la segunda intifada y condenado en 2005 a tres cadenas perpetuas por participar en la planificación de un ataque suicida que mató a tres personas civiles en Tel Aviv. Según un comunicado oficial de entonces, el escritor ayudó al atacante a entrar en Israel. El objetivo, dice, era militar.
El joven estudiante de periodismo comenzó su militancia en una célula marxista durante la Segunda Intifada. “Aquello era una guerra real. Nos combatían con todos sus F-16, tanques, fuerza bruta, cohetes… todo. No había más opción que luchar y resistir. Cuando vi la muerte a mi alrededor, cuando vi que todos mis amigos y amigas estaban siendo asesinados, que nuestros niños y mujeres estaban siendo tiroteados en masacres perpetradas por las fuerzas israelíes en nombre de la seguridad… Ahí comprendí el significado de la deshumanización”, cuenta, justificando su pasado.
“Pero si hoy me preguntas si volvería a usar las mismas herramientas en caso de regresar a la misma época, te diría que no. Usaría otras herramientas, pero, aun así, no me arrepiento de nada”, dice. “Intentábamos lograr un equilibrio para que nuestro pueblo se sintiera protegido de estas masacres. Hay una acción y hay una reacción. En la intifada ellos atacaban a nuestra población civil y nosotros nos defendimos. Si me preguntas si eso es lo correcto, te digo que no lo es. Pero es una guerra. ¿Qué podíamos hacer? Ahora, sin embargo, creo que deberíamos reconsiderar nuestro concepto sobre la resistencia y sobre la violencia revolucionaria”, aduce.
El escritor señala que cuando el mundo le juzga, olvida e ignora la violencia organizada de Israel, y recuerda, por ejemplo, los grupos paramilitares judíos liderados por los futuros dirigentes de Israel. “Antes de 1948 había grupos sionistas que cometían masacres contra el pueblo palestino, como la Haganá o la banda Stern. Tras el 48, Menagen Begin y David Ben Gurion se convirtieron en diplomáticos y el mundo olvidó su historia y sus masacres, pero convirtieron su violencia en violencia organizada y terrorismo de Estado”, dice.
“Si me preguntas por qué elegí esta violencia revolucionaria, es porque no tenía otra opción. Pido a todo el mundo que se ponga en nuestro lugar y piense en lo que podría haber hecho… No puedo ofrecer flores a estos soldados”, afirma.
Durante su encierro en prisión, Khandaqji completó su formación como periodista con un máster en estudios israelíes. “Intento descubrir el significado real de los elementos secretos del sionismo: el fascismo y el racismo”, explica. El palestino también estudió hebreo: “Conocer el idioma del enemigo es un botín de guerra. Es conseguir tu educación de la boca del lobo. Es parte del frente cultural y de la resistencia cultural contra el sionismo, que no va de cohetes y metralletas, sino de ideología”.
Tenemos que luchar por un proyecto de solución de un solo Estado que sea democrático. Eso significa que tenemos que tender la mano a nuestros colegas judíos que creen en la solución de un solo Estado y que rechazan el racismo, el sionismo y el fascismo. Este tipo de personas son mis compañeros. Son mis colegas. Son mis amigos. Luchamos juntos, hombro con hombro
Basim Khandaqji
“Hoy reconsidero el significado de la violencia porque, tras el genocidio, los palestinos debemos encontrar un nuevo concepto de nuestra resistencia”, dice. “¿Cómo podemos neutralizar a la Fuerza Aérea Israelí o a los F-35 y F-16 israelíes? No tenemos misiles. No tenemos cohetes. Podemos hacer frente a esta fuerza aérea que cometió el genocidio en Gaza mediante nuestra resistencia pública. No pueden lanzar misiles contra nosotros si salimos a manifestarnos con nuestras mujeres y nuestros niños o si organizamos guardias públicas en nuestras aldeas contra los asentamientos en Cisjordania... Ese es el verdadero significado de la resistencia pública: el modelo de la Primera Intifada. Deberíamos recuperarlo y volver a utilizarlo”.
Una novela de contrabando
Khandaqji tenía prohibido escribir en prisión, pero se levantaba a las cinco de la mañana para hacerlo sin que nadie se diera cuenta. Después llegaba lo más difícil: tratar de sacar sus escritos de esas cuatro paredes de manera clandestina. No puede revelar todas las tácticas que utilizó, pero sí algunas de ellas: “Algunos presos que salían de la cárcel se tragaban unas cápsulas de plástico con los escritos dentro”. Otra fórmula consistía en esconder las hojas en los papeles de los dulces que se intercambiaba con su familia cuando iba de visita a la prisión. “Eso antes del 7 de octubre de 2023, porque a partir de entonces lo cerraron todo”, recuerda.
Así escribió varios libros, pero con su última novela, Una máscara del color del cielo (Hoja de Lata, 2023), ganó en 2024 el Premio Internacional de Ficción Árabe. Él no sabía nada, pero de pronto un día entraron los agentes y los sacaron de su celda para un interrogatorio con los servicios de inteligencia. “Me preguntan por mis escritos y por mis libros, pero no me dijeron que había ganado el premio. Eso es lo último que se les ocurriría decirle a un preso palestino. Para ellos es una pesadilla que una persona palestina gane un premio internacional. Por sus preguntas, descubrí que lo había ganado”, recuerda. Le preguntaban una y otra vez cómo había escrito el libro y cómo lo había sacado de prisión.
—Si hubiera sabido antes que mis escritos os iban a enfadar tanto, habría seguido escribiendo siempre —le dijo a uno de ellos—. Te prometo que te daré un ejemplar gratis firmado.
“Era una provocación, pero realmente lo decía en serio. Sería una declaración de victoria”, me cuenta. Cuando terminó el interrogatorio, volvieron a entrar otros agentes y le golpearon. “Me quitaron las gafas y me las rompieron”. Khandaqji dijo que no veía y el agente le contestó: “No necesito que veas nada, solo oscuridad”, recuerda. “En ese momento me sentía impotente e inútil, pero por dentro estaba bien. Muy orgulloso”. Después, uno de sus colegas que había conseguido un transistor de contrabando le confirmó que había ganado el premio. En ese momento entendió todo lo anterior.
En su novela, un joven palestino roba una identidad israelí para completar su investigación sobre María Magdalena. “La literatura comprometida pretende arrojar luz sobre los aspectos ocultos del sionismo e interactuar con la literatura israelí, donde el palestino es silenciado. La resistencia cultural es muy importante. Las palabras y las ideas son más importantes que las ametralladoras y las balas”, alega.
En contra del acuerdo que le puso en libertad
Pese a que el plan de paz de Trump para Gaza supuso su liberación tras 21 años encerrado, Khandaqji no cree en él. “No existe tal cosa como un plan de paz de Trump para Gaza. Lo último que le importa al imperialismo estadounidense es dar un Estado a los palestinos. Mira Gaza hoy, toda la franja es un campamento de tiendas de campaña”, dice enfadado. “Solo querían separar Gaza de Cisjordania y separar al pueblo palestino. Los palestinos en Gaza solo pueden preocuparse de conseguir comida, un techo y calor. La guerra y el genocidio han tenido sus resultados”.
¿Cuál es su propuesta? Khandaqji sostiene que los palestinos están “atascados en un túnel”. “Hay luz al final, pero no nos podemos mover hacia adelante”. Actualmente, palestinos e israelíes viven en un único estado de apartheid, dice. “Tenemos que luchar y tenemos que resistir por un proyecto de solución de un solo Estado que sea democrático. Eso significa que tenemos que tender la mano a nuestros colegas judíos que creen en la solución de un solo Estado y que rechazan el racismo, el sionismo y el fascismo. Este tipo de personas son mis compañeros. Son mis colegas. Son mis amigos. Luchamos juntos, hombro con hombro”.
Es curioso ver cómo muchos activistas israelíes a favor de la paz y en contra de la ocupación también han ido virando con los años a la solución de un solo Estado democrático para ambos pueblos. Sin embargo, nuestras élites diplomáticas siguen encerradas en el marco de los dos Estados a pesar de que saben perfectamente que es una solución inalcanzable, entre otras cosas, por la política de asentamientos y hechos consumados promulgada por Israel durante décadas.
—¿Vas a hablar con las familias de las personas que fueron asesinadas en el ataque en el que estuviste involucrado? —le preguntó un agente israelí antes de ponerlo en libertad.
“Sí, quizá les llame en el futuro, cuando recuperemos nuestra libertad y nuestra patria y recuperemos juntos nuestra humanidad”, concluye Khandaqji.
Tienes que leer...
Una máscara del color del cielo. Se puede ver algo de Khandaqji en los dos protagonistas de esta novela, desde sus pilares ideológicos a sus apodos. A uno de ellos le llaman el askenazí, por su parecido con este grupo. Ese fue precisamente el apodo que le pusieron sus carceleros israelíes en prisión por su físico.
Gracias por llegar hasta aquí.
¡Hasta la semana que viene!

Tres intentos de asesinato en menos de dos años. Una crisis de seguridad y de violencia política sin precedentes. Una hipótesis legal, un giro histórico, un salto al abismo, que depende de la trayectoria de una bala, de un guardaespaldas, de un francotirador
Trump usa el ataque de la cena de corresponsales para reivindicar su agenda en pleno bloqueo en Irán y con mínimos de popularidad
La historia de los presidentes de Estados Unidos asesinados es amplia. Son cuatro: Abraham Lincoln en 1865, James A. Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y el que nos toca más cerca generacionalmente y casi se ha convertido en toda una historia de leyenda y conspiración pop: John Fidgerald Kennedy, JFK, en 1963. Los cuatro murieron tiroteados, con armas de fuego. Contra Donald Trump han atentado tres veces en dos años. Sin éxito.
Hoy hacemos un ejercicio teórico, nos planteamos un escenario político y legal extremo… ¿Qué pasaría si en alguno de esos intentos alguien hubiese conseguido matar a Donald Trump? ¿Qué pasa si asesinan al presidente de los Estados Unidos? Lo analizamos con el director adjunto de Maldita.es y colaborador de elDiario.es, Carlos Hernández-Echevarría.
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No sé si te enteraste, pero la semana pasada la Generalitat de Catalunya anunció que va a desplegar Mossos d'Esquadra de paisano en institutos con el objetivo de prevenir conflictos y mejorar la convivencia en los centros.
Los agentes, ha explicado la Generalitat, no irán armados y tendrán una presencia estable en los institutos, donde contarán con un espacio propio y tendrán una función preventiva y de mediación. La prueba piloto empezará este mismo tercer trimestre, antes de finalizar el actual curso, en dos institutos con alta conflictividad situados en el Baix Llobregat y el Vallès Occidental. En total serán 13 centros en esta primera ronda.
El plan responde a una creciente preocupación entre el profesorado y la Administración por los incidentes de carácter violento. Desde la Generalitat sostienen incluso que es una demanda del profesorado y que busca reforzar la seguridad sin criminalizar al estudiantado. Una encuesta del sindicato USTEC, mayoritario en la educación pública, rebeló que de los 11.000 docentes que respondieron, el 14% ha recibido una agresión física y el 46%, verbal.
Hasta aquí, la información.
Vamos con las opiniones.
La Generalitat admite que esperaba cierta polémica, pero no sé si un rechazo tan generalizado como se ha dado.
Familias y docentes, esos por los que el Govern dice haber actuado, habían pedido nada ni siquiera remotamente parecido a esta medida. Ni en las mesas sindicales ni en los protocolos contra agresiones se había mencionado hasta ahora una aproximación policial al problema. “Pedimos una rectificación inmediata. Nadie lo ha pedido”, valoró Iolanda Segura, portavoz de USTEC-STEs.
Algunas familias han mostrado su sorpresa porque el verano pasado Educación eliminó plazas de educadores sociales porque, les dijeron, no había presupuesto. “Y ahora resulta que podemos tener un plan con mossos distribuidos por centros del territorio”, explicaba Lidón Gasull, de la asociación de familias de alumnos AFFAC.
En general existe un consenso entre la comunidad educativa de que sí, existe un problema, pero no, la solución no es la policía. El sindicato Proffessors de Secundària sostiene que “la autoridad en el aula debe ser el docente”; AFFAC apunta al origen del problema, la pobreza y marginalidad en que vive buena parte del alumnado, aseguran, que se arreglan con “políticas de vivienda, de salud mental, equipamientos, inversión en educación”...
La medida, que cruza una línea hasta ahora no traspasada, se enmarca en un ambiente de protestas docentes en Catalunya por el deterioro del sistema en general. Con esta propuesta, la Generalitat parece lanzar un hueso a los docentes en un intento de pacificar un sector que hace un mes realizó una manifestación histórica por las calles de Barcelona.
En esta misma línea va el acuerdo entre la Generalitat y dos sindicatos para abonar 50 euros por noche al profesorado que se vaya con sus estudiantes de excursión con pernoctación incluida. Lo pongo otra vez, no era una errata: 50 euros por cuidar un día entero a unas decenas de adolescentes. Luego nos sorprendemos porque nadie quiere hacer estas actividades.
Esta semana hemos hablado de...
- La ultraderecha se cuela en los libros de Historia. Para ensalzar mitos nacionalistas como la Reconquista, el imperio o la conquista de América. Y lo hace, es su estilo, con relatos que “no nacen de los resultados de la investigación científica”, sino de “las necesidades políticas del nacionalismo español”. Es la principal conclusión de un estudio publicado en la revista Historia Actual, que ha evaluado 607 libros publicados entre 2010 y 2024 por cuatro editoriales: Planeta, Espasa, La Esfera de los Libros y Taurus.
- El Gobierno aprueba la reducción de las horas lectivas y las ratios. El efecto será más simbólico que real, porque la mayoría de las comunidades autónomas ya habían hecho la rebaja de horas lectivas en los últimos años y la natalidad se va a encargar de reducir las clases. Pero es un primer paso para mejorar las condiciones del profesorado, que como os contamos la semana pasada está bastante revuelto.
- Hablando de profesorado y protestas, los movimientos no paran: la huelga indefinida de Educación Infantil que empezó en Madrid ha escalado a nivel nacional con un paro general el 7 de mayo.
- Por su parte, los docentes valencianos apuestan por comenzar su huelga, también, indefinida, el próximo 11 de mayo. El malestar docente no cesa.
- Navarra no cerrará aulas públicas y a cambio dejará de renovar conciertos. El Gobierno foral ha rectificado su decisión de cerrar 19 aulas para niños de tres años de la red pública de Infantil por la caída de la natalidad, tal y como había anunciado, y a cambio no renovará el concierto a 14 líneas de la red privada financiada con fondos públicos. La oposición había pedido al Ejecutivo, del PSOE, una moratoria de un año al cierre de estas aulas, pero los servicios jurídicos del Ejecutivo dijeron que esa medida no tendría encaje legal.
Para subir nota
- 800 años, 5.000 piezas anatómicas y 100.000 libros: la facultad de Medicina más antigua. Está en Montpellier, Francia, y fue levantada por Guilhem VIII, un señor feudal adelantado a su tiempo que decretó la libertad de enseñanza para los médicos (uno diría que incluso era adelantado a este tiempo, cuando esa “libertad para todos” no existe de facto). Más allá de la ligera demagogia, la historia de la facultad de Medicina más antigua del mundo es interesante.
- Desaparece la Universidad Pública Vasca. Es un poquito de clicbait, lo admito. Lo que desaparece es el nombre en castellano de su denominación oficial, que hasta ahora incluía ambos. La universidad seguirá existiendo, pero a partir de ahora se llama Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU). Además del cambio de nombre, en los nuevos estatutos también se ha aprobado que el estudiantado y el profesorado no permanente tenga más presencia en los órganos universitarios.