
‘Papa Don't Preach’ es uno de los temas más controvertidos de la artista y la reacción de la Iglesia tuvo mucho que ver en su éxito
El Oscar se lo ha llevado ‘Golden’ de 'Las guerreras K-Pop', pero una vez el premio fue para esta canción en español
En el año 1986, Madonna alcanzó los primeros puestos de las listas de éxitos con Papa Don't Preach, una canción que formaba parte de su exitoso tercer álbum True Blue y que se convirtió no solo en uno de los más emblemáticos de la carrera de la artista, sino también en uno de los más controvertidos. Todo empezó con la letra.
En el tema, Madonna canta sobre una adolescente embarazada que decide seguir adelante con su embarazo. “Tengo un serio problema / He estado perdiendo el sueño / Pero he tomado una decisión / Voy a tener a mi bebé”. Toda la canción es una confesión de la adolescente a su padre, al que le suplica que entienda su decisión. “Papá no me regañes / No dejes de amarme papi”.
A finales de los años 80, la letra fue todo un escándalo que dividió a la sociedad alrededor de temas como el embarazo y el aborto, presentes en la canción. Mientras que los sectores más conservadores interpretaron Papa Don't Preach como un mensaje provida, las organizaciones feministas de la época acusaron a Madonna de “glorificar” el embarazo adolescente.
La respuesta del Vaticano
La polémica llegó a su punto más álgido en 1987, un año después del lanzamiento de la canción, durante la gira de conciertos Who’s That Girl World Tour. En varios conciertos que se celebraron en Italia, Madonna dedicó el tema al papa Juan Pablo II, un gesto que la Iglesia católica entendió como una provocación directa, ofensiva e irrespetuosa.
El Vaticano no tardó en reaccionar en aquel comportamiento y pidió públicamente a los fieles italianos que boicotearan los espectáculos en directo que la cantante tenía programados en el país. La canción, que realmente fue escrita por Brian Elliot, no dejó de interpretarse durante los shows de aquella gira. Pero la polémica ya estaba servida.
En 2009, en una entrevista con la Rolling Stone, la cantante habló de la razón por la que esta se convirtió en de sus canciones en los años 80. “Encajaba perfectamente con mi propio espíritu de la época, con esa idea de plantarme ante las autoridades masculinas, ya fuera el Papa, la Iglesia católica o mi padre y sus formas conservadoras y patriarcales”, compartió.
A pesar de la polémica, o quizá gracias a ella, Papa Don’t Preach se convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de Madonna. Cuando la artista actuó en el verano de 1990 en el Estadio Vicente Calderón de Madrid, cantó este tema. En sus últimas giras, la intérprete sigue incluyéndola en el setlist junto a algunos de sus grandes hits como Like a Prayer, Hung Up o La Isla Bonita.

Solo cinco comunidades cuentan con festivo laboral este jueves, mientras el resto del país mantiene sus actividades normales, con celebraciones familiares adaptadas a la rutina diaria
Cambio de hora en España en 2026: la fecha en la que se adelantan los relojes para pasar al horario de verano
Con marzo encima, muchas personas echan un vistazo al calendario para organizar su agenda y ver qué días tendrán libres. Entre las fechas que llaman la atención está el Día del Padre, que en España se celebra el 19 de marzo, coincidiendo con la festividad de San José. Este día tiene un significado especial porque combina la tradición religiosa con la costumbre de homenajear a los padres. Cómo se celebra varía según la comunidad autónoma: en algunos lugares se tiene día libre, mientras que en otros la rutina sigue como cualquier otro día.
En 2026, el 19 de marzo cae en jueves, algo que genera interés entre trabajadores y familias que quieren organizar algún descanso o plan especial. Organizar actividades o pequeñas escapadas depende de si ese día es festivo en cada región y si coincide con otros días libres que puedan formar un puente. Por eso, en algunas comunidades, el Día del Padre se vive más como un gesto familiar, mientras que en otras significa directamente no ir a trabajar. Muchos aprovechan la fecha para hacer planes que de otra manera serían complicados de cuadrar entre semana.
El calendario laboral de España mezcla festivos nacionales con días libres autonómicos, lo que permite que cada comunidad decida qué fechas añadir. Por eso, aunque todo el país reconoce el Día del Padre, tener el día libre depende de cada administración regional. Así, el 19 de marzo sigue siendo un día importante para muchas familias, aunque su impacto real cambie según donde se viva.
Comunidades dónde es día festivo
En 2026, solo cinco comunidades autónomas consideran el 19 de marzo como festivo oficial, y en esas regiones la gente tiene el día libre. Las comunidades que lo incluyen en su calendario son Comunitat Valenciana, Región de Murcia, Galicia, Navarra y Euskadi. Allí, las obligaciones laborales se detienen y se reconoce oficialmente el Día del Padre como un día para descansar y pasar tiempo en familia. Muchos aprovechan para organizar planes más largos, como comidas fuera de casa o escapadas de un día, actividades que serían más complicadas en un jueves laboral normal.
Que caiga en jueves también significa que no se forma un puente automáticamente. Quienes quieran alargar su descanso tendrían que pedir el viernes libre por su cuenta. En las comunidades donde no es festivo, el 19 de marzo se celebra solo a nivel familiar o social, sin afectar el trabajo, y eso marca la diferencia a la hora de organizar actividades y compromisos durante el mes. Esta disparidad entre regiones hace que cada familia adapte sus planes según lo que le permite su calendario local, algo que se nota especialmente en reuniones o salidas que requieren coordinación previa.
El origen de esta fecha está ligado a San José, considerado patrón de los padres en la tradición cristiana. El 19 de marzo sirve para unir la celebración religiosa con la costumbre de homenajear a los padres, consolidándose como uno de los días más destacados del calendario para reconocer la paternidad. Aun así, que sea día libre o no sigue dependiendo de cada comunidad. Incluso en los territorios donde no se descansa oficialmente, la fecha se mantiene viva con gestos sencillos, reuniones familiares o llamadas para marcar la ocasión.
En resumen, el Día del Padre de 2026 se celebra el 19 de marzo en toda España, pero como día libre solo aplica en Comunitat Valenciana, Región de Murcia, Galicia, Navarra y Euskadi. En el resto del país, se reconoce la fecha a nivel familiar y social, sin alterar las obligaciones laborales. Aun así, la jornada sigue siendo significativa para muchas familias, que aprovechan el momento para acercarse a sus padres, aunque sea con gestos pequeños, manteniendo su relevancia aunque con distinto impacto según la región.

Comparar lo que consume un ser humano hasta que comienza a tener plenitud intelectual, digámoslo así, con el coste de entrenar un modelo grande de lenguaje es deshumanizarnos. Es considerar que las personas y las herramientas tecnológicas, o las cosas, pueden situarse en planos semejantes de valor
Remontémonos a la larga historia del ser humano. Hubo un momento, no sabemos exactamente cuándo, en que el ser humano decidió no abandonar al enfermo, ni al anciano que caminaba más despacio y al que había que alimentar, ni a hijos de otros que quedaban huérfanos o desasistidos, ni al que, tras el ataque de un animal o un accidente, ya no podía valerse por sí mismo y quedaba a merced de las alimañas. Ese gesto de humanidad, aparentemente tan normal como radical, fue uno de los actos fundacionales de nuestra especie.
Lo sabemos porque la arqueología ofrece pistas elocuentes de ello. Restos óseos que muestran fracturas consolidadas, enfermedades crónicas compatibles con una larga supervivencia, signos de cuidado prolongado, personas longevas que no hubiesen sobrevivido sin el cuidado de otros. Hacerlo así era lo contrario a ahorrar energía, de buscar solo el beneficio propio y reducir los riesgos en un ambiente extraordinariamente hostil. Fue asumir que el valor de la vida de un congénere no era sin más el de su utilidad para proveer alimento o seguridad. La humanidad empezó a ser una comunidad moral.
Pero no nos creamos a salvo de involuciones morales. A mi modo de ver retrocedemos si pensamos como Sam Altman, el CEO de OpenAI, que dijo recientemente durante una entrevista en un evento tecnológico lo siguiente: «La gente habla de la cantidad de energía que se necesita para entrenar un modelo de IA... Pero también se necesita mucha energía para entrenar a un ser humano. Se necesitan unos 20 años de vida y toda la comida que se ingiere durante ese tiempo para llegar a ser inteligente».
Comparar lo que consume un ser humano hasta que comienza a tener plenitud intelectual, digámoslo así, con el coste de entrenar un modelo grande de lenguaje es deshumanizarnos. Es considerar que las personas y las herramientas tecnológicas, o las cosas, pueden situarse en planos semejantes de valor.
Deshumanizar al ser humano nos ha llevado, incluso en la historia reciente de la humanidad, a situaciones que ni siquiera hubiésemos imaginado si no se hubiesen dado. Durante las primeras décadas del siglo pasado, miles de personas fueron esterilizadas forzosamente en EE. UU. bajo leyes eugenésicas que pretendían “mejorar” la población. El Tribunal Supremo estadounidense llegó a avalar estas prácticas en 1927. Décadas después, el programa Aktion T4 de la Alemania nazi promovió el asesinato sistemático de personas con discapacidad física o mental, por considerarlas “vidas indignas de ser vividas”. La lógica era brutalmente utilitarista: eliminar a quienes no contribuían a la fortaleza del Estado y suponían un coste. Aunque el nazismo haya sido lo más atroz que ha ocurrido en el mundo en el último siglo, el ser humano contemporáneo ha dado muchas muestras de que ser humanos no es algo irreversible ni universalmente practicado. El genocidio cometido por Israel contra el pueblo palestino no es del siglo pasado, sino de ahora mismo. La idea de fondo sigue siendo inquietantemente similar: hay vidas menos valiosas, de las que se puede prescindir o que no conviene proteger.
En las democracias occidentales nadie reivindica la eliminación de los “menos productivos”, desde luego no Sam Altman, lo doy por hecho, pero no demos nada por garantizado indefinidamente. Vivimos en sociedades donde el éxito económico se ha convertido en la medida casi exclusiva del valor personal. La productividad, la eficiencia, la optimización son palabras fetiche. También el “nosotros”, como principio de exclusión de “los otros”. Sobre ideas así se sustenta el avance de movimientos ultranacionalistas, de extrema derecha y excluyentes que predican la idea de que algunos “sobran” y de que el Estado no debe proteger a quienes no encajan en una identidad o en un ideal productivo, o simplemente en “nuestros” usos y costumbres. La exclusión no se formula como exterminio, pero sí como abandono, estigmatización y desmantelamiento de redes de protección, y también estas son ideas y acciones a los que no debemos dar resquicio para prosperar.
El debate adquiere nuevas aristas en la era de la biotecnología y la inteligencia artificial. La capacidad de discriminar a través de mejoras tecnológicas, sea negativa o positivamente, nos resitúa en escenarios que creíamos superados. ¿Quién tendrá acceso a las mejoras biológicas y a la neurotecnología capaz de aumentar las capacidades cognitivas del ser humano? ¿Qué ocurre cuando los algoritmos asignan recursos -empleo, crédito, seguros…- basándose en estadísticas que reproducen desigualdades previas, en particular diferencias socioeconómicas?
La humanidad empezó a ser plenamente humana cuando empezó a cuidar al otro. Conviene recordarlo cada vez que alguien sugiere, explícita o implícitamente, que hay vidas que pesan demasiado o incluso a comparar el valor de las personas con las máquinas.
En una de las magistrales viñetas de El Roto se ve una cabeza con una ranura para echar monedas, como las de las huchas, y un rótulo que dice: “Intelectual artificial. Funciona con monedas”. Altman no es precisamente un intelectual, pero muchos dicen que es un gurú; eso sí, un gurú cuya cabeza funciona con monedas.

Una pequeña parte del mundo por la que navegan las grandes consecuencias de nuestro tiempo. La economía y la geopolítica mundial están pendientes de lo que suceda en 30 kilómetros de mar
Irán desplaza el foco de la guerra a Ormuz y revela la falta de previsión de Trump ante el caos económico
El Estrecho de Ormuz centra ahora mismo los ojos de la política internacional. Por Ormuz pasa la ruta de exportación de petróleo más importante del mundo. Es la puerta al Golfo Pérsico. Lo estamos escuchando mil veces estos días: por ahí pasa el 20% del petróleo y del gas mundial. Es el lugar para la represalia que ha encontrado Irán para responder a la guerra de Estados Unidos. Irán dice que si Estados Unidos ataca… ellos bloquean ese paso. Y el precio de la gasolina ha empezado a subir en todo el mundo. Trump ha empezado a ponerse nervioso, pero es inevitable preguntarse si no podía imaginarse algo así.
Lo analizamos con el periodista económico del elDiario.es, Álvaro Celorio, y con la periodista de elDiario.es especializada en internacional y en Oriente Medio, Francesca Cicardi.
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El presidente de EEUU está buscando doblegar al Gobierno cubano a través de una asfixia energética y económica con terribles consecuencias humanas denunciadas por Naciones Unidas
Cuba no es Venezuela. No tiene petróleo, ni grandes recursos naturales. Es una pequeña isla, de menos de 10 millones de habitantes, en medio del Caribe. Cuba tampoco es Irán, nunca imaginó ni acarició tener armas nucleares. Si acaso, algún misil para tener a tiro a EEUU de la misma manera que EEUU siempre ha tenido a tiro a Cuba, y como mecanismo disuasorio tras la fracasada invasión de Playa Girón, de abril de 1961, hace ahora 65 años.
Pero aquel intento de Fidel Castro de reforzar su armamento se frustró en 1962 durante la llamada crisis de los misiles, que representó uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Terminó sin misiles en Cuba, pero EEUU también tuvo que retirar los suyos de Turquía.
Hay un museo curioso en Washington DC, el International Spy Museum, que recoge y recrea diferentes operaciones de espionaje a lo largo de la historia. Y una de las que se relatan es precisamente la de Playa Girón, gestada, ideada y financiada desde EEUU por la CIA para tumbar al Gobierno de Fidel Castro.
El Gobierno de Castro fue atacado desde el primer día por EEUU, mucho antes incluso de que fundara el Partido Comunista de Cuba, en 1965. Y tiene que ver con que fue un gobierno nacido de la victoria de una revolución, en 1959, tras seis años de lucha contra la dictadura, y sus banderas tenían mucho que ver con la emancipación de la tutela que ejercía EEUU sobre la isla a través del dictador Fulgencio Batista y de la explotación de sus recursos a través de empresas estadounidenses de forma directa o indirecta.
Cuba ya había sido un protectorado de EEUU entre 1898, cuando dejó de ser colonia española, y 1902. Y Washington nunca ha dejado de querer tutelar una isla que se encuentra a 90 millas náuticas –unos 150 kilómetros–, y nunca aceptó que Cuba adoptara un camino independiente de EEUU: desde los primeros meses decretaron medidas de bloqueo que no han hecho más que endurecerse con el paso del tiempo: primero, con JFK en 1962 con un embargo comercial total; después, en 1996, con la ley Helms-Burton, que codifica el embargo en ley de manera que sólo pueda ser revertido por el Congreso y no el presidente; y ahora, con Donald Trump, un bloqueo energético que impide que el Estado cubano pueda recibir una sola gota de petróleo, abocando a sus casi 10 millones de habitantes a padecer una catástrofe humanitaria.
“Gracias por playa Girón”, le dijo el Che Guevara a John Fitzgerald Kennedy en 1961: “Antes de la invasión, la revolución era débil. Ahora es más fuerte que nunca”.
Después de 65 años de aquella invasión fracasada, planificada y financiada por la CIA, Cuba sigue siendo un objeto de deseo para la Administración estadounidense. La diferencia es que ahora Cuba no cuenta con la capacidad disuasoria de la URSS, ni con el petróleo barato venezolano, porque el Gobierno de Delcy Rodríguez, tutelado por Washington, no envía una sola gota de petróleo a Cuba, cuando Venezuela ha sido el principal suministrador de crudo de la isla.
Pero tampoco envía una gota de petróleo México, el segundo suministrador, por miedo al castigo comercial de Trump después de amenazar con aranceles extraordinarios a cualquier país que suministre petróleo a Cuba. A pesar de que esa amenaza está contenida en una orden ejecutiva vacía por la sentencia del Tribunal Supremo contra los atajos arancelarios del presidente de EEUU, Claudia Sheinbaum no se atreve a enviar petróleo. Lo que sí hace México es mantener los envíos de ayuda humanitaria a un país que, sin petróleo, tiene el tejido productivo parado y no puede ni vender ni comprar nada.
Cuba no puede ni vender ni comprar nada. Pero tampoco puede recoger las basuras, porque no hay combustible para los camiones, con lo que eso supone de enfermedades fruto de la insalubridad; ni realizar operaciones en los hospitales, porque no hay energía, quedando los quirófanos inservibles; o cocinar con otra cosa que no sea leña, con lo que eso supone para las enfermedades respiratorias. Tampoco puede facilitar combustible a los aviones que aterricen en la isla ni mantener los hoteles abiertos con ciertas condiciones, lo que hace que una de sus principales vías de ingresos, el turismo, haya desaparecido.
De la misma manera, la presión estadounidense está llegando a extremos de que países latinoamericanos estén cortando los programas de cooperación con médicos cubanos, algo que también suponía una vía de ingresos para La Habana.
“Sabemos lo que significa este embargo petrolero y lo que siempre ha significado, lo que siempre han significado las sanciones. Se trata de un cambio de régimen mediante el hambre. Eso es lo que intentan hacer”, decía este martes en Democracy Now Daniel Montero, periodista cubano de Belly of The Beast: “Y ahora mismo, con el bloqueo petrolero, la situación es peor que nunca. Como cubano, como residente de este país, donde vive toda mi familia, me resulta absolutamente indignante escuchar a Donald Trump y a la Administración estadounidense decir que intentan ayudar a Cuba, que intentan liberarla, porque no explican el precio que exigen. El camino para lograrlo es el sufrimiento del pueblo cubano, la muerte del pueblo cubano”.
El propio secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió de un “colapso humanitario” en Cuba hace un mes. Y más tarde ha hablado de “riesgos humanitarios agudos”, e incluso está en conversaciones con EEUU para que entre en Cuba “combustible con fines humanitarios”.
Pero la Casa Blanca es inflexible. Y más aún cuando quien habla es el cubanoamericano que más lejos ha llegado en la Administración estadounidense, Marco Rubio, secretario de Estado de Trump: “Cuba tiene una economía que no funciona y un sistema político que no pueden arreglar. Así que tienen que cambiar drásticamente. Tienen que tomar decisiones importantes allí”. Y cuando se le pregunta por la responsabilidad del bloqueo estadounidense en la crisis humanitaria en Cuba, contesta: “El embargo está ligado al cambio político en la isla. El embargo está codificado. Pero la conclusión es que su economía no funciona. Es una economía disfuncional, que ha sobrevivido gracias a los subsidios de la Unión Soviética y ahora de Venezuela. Ya no reciben subsidios, así que tienen muchos problemas. Y los responsables no saben cómo solucionarlo. Así que tienen que poner a gente nueva al mando”.
Es decir, EEUU mantendrá la presión hasta que caiga el Gobierno cubano. Llevan 67 años así, pero la situación ahora parece más crítica que nunca. Y así lo transmite Trump, quien este lunes afirmaba: “Creo que voy a tener el gran honor de ser quien tome el control de Cuba”.
En efecto, porque Cuba es un símbolo, un fetiche de los presidentes estadounidenses desde hace 67 años, pero también un elemento fundamental de las batallas políticas y culturales que ha emprendido Trump en este mandato: Trump quiere pasar a la historia como el presidente que tumbó el chavismo y el castrismo. Y lo sabe, y le encanta.
Esta Administración ha teorizado desde que llegó a la Casa Blanca hace poco más de un año que Donald Trump está actualizando la doctrina Monroe, rebautizada como Donroe, que viene a trasladar al siglo XXI las tesis de control teorizadas a principios del siglo XIX por el presidente Monroe de lo que ellos llaman el Hemisferio Occidental, conocido como continente americano por el resto del mundo.
La doctina Monroe, reforzada por la teoría del Destino Manifiesto de finales del siglo XIX, aderezada con las ansias neoimperialistas de Donald Trump hasta el punto de amenazar con tomar Groenlandia, conduce a que el presidente de EEUU quiera intervenir en todos los procesos políticos posibles en Latinoamérica: desde soltar a un ex presidente hondureño condenado por narcotráfico para interferir en las elecciones del país, hasta condicionar un rescate a Argentina a un buen resultado de Javier Milei en las legislativas, hasta incluir en la lista de sancionados por narcoterrorismo al presidente colombiano, Gustavo Petro; o a secuestrar al venezolano, Nicolás Maduro; y asfixiar hasta lo imposible al pueblo cubano hasta que tenga que ceder, también, a la tutela estadounidense a cambio de una relajación del bloqueo... O crear una alianza militar con gobiernos afines, al margen de la OEA y cualquier organización multilateral existente para supuestas operaciones conjuntas contra el narcotráfico en América Latina.
Así, por ejemplo, ya han empezado hace unas semanas con operaciones militares en Ecuador, y este martes el presidente de Colombia, Gustavo Petro, denunciaba bombardeos en suelo colombiano provenientes de Ecuador. Y todo esto a escasas semanas de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia –31 de mayo–, a las que acude como favorito el candidato de la izquierda, Iván Cepeda, después de haber sido la principal fuerza en las legislativas recién celebradas.
Trump asume que América Latina es su “patio trasero”, como dijo una vez su portavoz, Karoline Leavitt, quiere quedarse con Cuba y no va a parar hasta acabar con el último símbolo comunista de América Latina. “Sería un gran honor”, ha dicho esta semana. Y eso lo dice todo.