
Al menos dos personas han muerto en la ciudad Petropávlovsk debido a la caída de nieve de tejados tras las intensas nevadas que obligaron a las autoridades locales a declarar este viernes el estado de emergencia a nivel municipal
Después de una sucesión de intensas nevadas, la región rusa de Kamchatka está paralizada bajo metros y metros de nieve. Al menos dos personas han muerto en la ciudad Petropávlovsk de Kamchatka debido a la caída de nieve de tejados tras las intensas nevadas que obligaron a las autoridades locales a declarar este viernes el estado de emergencia a nivel municipal y utilizar camiones de presos para el transporte público.
“En Petropávlovsk de Kamchatka se declara el régimen de emergencia a partir de hoy”, informó el gobernador local, Yevgueni Beliáev, en Telegram.
La decisión fue tomada tras la muerte de dos personas la víspera a consecuencia del desplome de grandes cantidades de nieve de los tejados.
El primer fallecido fue un hombre de 60 años, cuyo cuerpo fue hallado la víspera durante la limpieza de un patio al que se había desplomado un alud de nieve del tejado.
Posteriormente otro residente de la ciudad quedó atrapado por la nieve que se precipitó de un tejado. Los servicios de Emergencias que llegaron al lugar de los hechos trataron de salvar su vida infructuosamente.
Beliáev indicó que “pese al cese de las precipitaciones en la capital regional se mantiene la compleja situación”.
“Tomará días paliar las consecuencias de una serie de potentes ciclones que se sucedieron. La gran cantidad de nieve no permite limpiar de modo rápido todas las rutas de transporte”, señaló.
El gobernador reconoció que “en estos momentos se ha garantizado el tránsito por las principales carreteras, pero hay cuellos de botella en determinados tramos”.
“Los servicios comunales se enfrentan a ellos. Se hace lo posible para que el transporte urbano se restablezca totalmente”, dijo.
Debido a los problemas con el transporte, la Guardia Nacional rusa habilitó camiones para transporte de presos para apoyar este servicio público, según informó en su canal de Telegram, donde publicó fotos de los vehículos grises con rejas en las ventanillas.
Beliáev alertó a los habitantes de la ciudad que “se mantiene el peligro de aludes en las montañas y la caída de nieve y hielo de tejados”.
En la última semana Rusia ha sufrido intensas nevadas que han abarcado prácticamente todo el territorio nacional, desde la región europea hasta el Lejano Oriente.
Las precipitaciones en Moscú han marcado indicadores récord, al igual que en San Petersburgo, las regiones de Tver y Sarátov, la ciudad de Yekaterimburgo en los Urales, e incluso la cálida región sureña de Krasnodar, a orillas del mar Negro.

Si la repostería europea es puro arte, la americana no se queda atrás, y en concreto la brasileña tiene todos estos platazos
A nadie le amarga un dulce, por América: los 5 postres más queridos en todo Argentina
Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente americano, Brasil juega en otra liga. Su historia culinaria, marcada por la herencia indígena, africana y portuguesa, explica por qué los postres de Brasil son intensos, dulces sin complejos y profundamente populares. Aquí el azúcar no se esconde: se celebra. Y estos cinco clásicos lo dejan claro.
En este recorrido por la repostería brasileña asoman nombres que cualquier viajero ha escuchado —o probado—: el brigadeiro, el quindim o el pudim, dulces que forman parte de cumpleaños, sobremesas y celebraciones de todo tipo. Brasil puede dividirse por regiones inmensas y culturas muy distintas, pero hay algo que lo mantiene unido: su relación festiva y cotidiana con el dulce.
1. Brigadeiro
El dulce más querido del país. Se elabora con leche condensada, cacao y mantequilla, y se presenta en pequeñas bolitas cubiertas de chocolate granulado. Es imprescindible en cumpleaños y celebraciones, y forma parte de la infancia de millones de brasileños.
2. Pudim de leite
La versión brasileña del flan, especialmente cremosa y muy popular. Se prepara con leche condensada y caramelo y aparece tanto en comidas familiares como en restaurantes. Es un postre básico y omnipresente.
3. Quindim
Un dulce de origen colonial elaborado con yema de huevo, azúcar y coco. Su textura es brillante y densa, y su sabor muy intenso. Es típico de pastelerías tradicionales y celebraciones especiales.
4. Beijinho
Similar al brigadeiro, pero hecho con coco en lugar de cacao. Se cubre con azúcar o coco rallado y suele acompañar al brigadeiro en fiestas y mesas dulces. Es uno de los clásicos más reconocibles.
5. Cocada
Dulce a base de coco rallado y azúcar, muy común en zonas costeras. Se presenta en porciones pequeñas y se vende en mercados y puestos callejeros. Es sencillo, directo y profundamente popular.

Compensaciones - La empresa fundada por Sam Altman ha alcanzado una media de 1,5 millones de dólares por empleado, un nivel inédito que multiplica las cifras previas de otras firmas tecnológicas antes de su salida a bolsa
El dinero se ha convertido en la herramienta con la que las grandes empresas tecnológicas intentan mantener su posición en un mercado cada vez más competitivo. En los últimos años, los directivos más poderosos del sector han decidido utilizar la remuneración como su principal arma para atraer y retener a los mejores especialistas. Los salarios y los paquetes de acciones han dejado de ser un incentivo secundario para transformarse en un elemento importantísimo de la estrategia empresarial.
En este escenario, los CEOs no dudan en ofrecer cifras desorbitadas con tal de asegurar la fidelidad de ingenieros y científicos que dominan tecnologías muy concretas. Este fenómeno responde a una lucha global por el talento que no solo afecta a la rentabilidad inmediata, sino que también condiciona la estructura financiera y el futuro de las compañías. Con ello, el mercado tecnológico se ha convertido en un laboratorio económico en el que el valor de las ideas depende, cada vez más, del precio que las empresas estén dispuestas a pagar por quienes las desarrollan.
OpenAI impone un nuevo récord salarial en Silicon Valley
The Wall Street Journal ha revelado que OpenAI paga una media de 1,5 millones de dólares por empleado, una cifra 34 veces superior a la de otras compañías tecnológicas antes de salir a bolsa. Con una plantilla cercana a 4.000 personas, esta política salarial eleva el gasto total a unos 6.000 millones de dólares y marca un récord sin precedentes en la historia reciente de Silicon Valley. Las compensaciones se reparten principalmente en acciones, una estrategia que busca fidelizar a los trabajadores mientras se aproxima la salida a bolsa prevista para 2026.
Cuando Google preparaba su debut bursátil en 2003, la compañía ofrecía a sus empleados una retribución media siete veces inferior a la que OpenAI concede hoy. El análisis del periódico estadounidense, basado en datos de Equilar, muestra que ninguna de las 18 grandes firmas tecnológicas estudiadas en los últimos 25 años se acerca a esos niveles. El estudio, por lo tanto, concluye que las cifras de OpenAI superan con amplitud los patrones de retribución previos al lanzamiento en bolsa.
El gasto de OpenAI en compensaciones salariales tiene una justificación clara: el temor a perder a sus mejores ingenieros. La empresa ha establecido una dinámica en la que las acciones y las bonificaciones reemplazan a los incentivos tradicionales. Algunos miembros del equipo de investigación ya figuran entre los empleados más ricos de Silicon Valley. Esta política busca evitar que los fichajes de la competencia erosionen la capacidad de desarrollo de los modelos de inteligencia artificial que la compañía diseña.
Meta entra en la pugna y dispara la competencia por los expertos en inteligencia artificial
La carrera por el talento se intensificó en los últimos meses. Según el mismo medio, el consejero delegado de Meta, Mark Zuckerberg, llegó a ofrecer paquetes de compensación de cientos de millones de dólares a investigadores y ejecutivos del ámbito de la inteligencia artificial. Esas ofertas provocaron la salida de más de 20 empleados de OpenAI, entre ellos Shengjia Zhao, coautor de ChatGPT. Para frenar esa fuga, la compañía otorgó primas únicas a parte de su personal técnico e investigador, algunas de ellas también millonarias.
A esta política se sumó la eliminación de la regla que obligaba a los trabajadores a permanecer seis meses antes de poder consolidar sus acciones, lo que incrementó aún más el valor efectivo de las compensaciones. Los documentos internos de OpenAI sugieren que este modelo podría alcanzar los 3.000 millones de dólares anuales en pagos en acciones hasta 2030, una cantidad que representaría cerca de la mitad de los ingresos previstos para 2025.
El coste del modelo crece, pero Altman defiende la inversión como una cuestión de supervivencia
Las cifras sitúan a OpenAI en una posición de referencia, pero también revelan los riesgos del modelo. El aumento del gasto en remuneraciones eleva las pérdidas operativas y diluye la participación de los accionistas existentes. Sin embargo, la empresa considera que los beneficios de retener talento superan los costes a corto plazo.
Para el fundador, Sam Altman, mantener a los expertos con perfiles más interesantes es una cuestión de supervivencia en una industria que se mueve con rapidez y en la que cualquier fuga de personal puede alterar años de desarrollo. Con ello, la batalla económica por los trabajadores especializados en inteligencia artificial se ha convertido en el principal motor financiero del sector tecnológico contemporáneo.

La comparsa femenina La Camorra critica que la actuación del Gobierno andaluz es "terrorismo de Estado", carga contra la privatización de la sanidad y le acusa de ignorar a las afectadas, "andaluzas destruidas por tu nefasta gestión"
La chirigota sobre Stephen Hawking que revoluciona Cádiz: “Siempre evité la depresión, no entré en ese agujero negro”
La comparsa femenina La Camorra, de Marta Ortiz, denunció en su actuación en el Teatro Falla de Cádiz la “política de muerte” del Gobierno andaluz, que ha derivado en el escándalo de los fallos en los cribados de cáncer de mama, que ha dejado “andaluzas destruidas por tu nefasta gestión”. El pasodoble, muy crítico con la gestión de Juan Manuel Moreno, se remataba pidiendo directamente la dimisión del presidente, a lo que el público reaccionó con gritos de “Bonilla dimisión” y “sanidad pública”.
La agrupación, que hacía su primera actuación en el Concurso del Falla (COAC), se presentaba con un tipo con ropajes religiosos, y buena parte de su intervención ha estado centrada en criticar a la Iglesia por comportarse como una mafia. Ha sido en su segundo pasodoble en el que han cargado con dureza contra el Gobierno andaluz, denunciando que “3.000 mujeres han sido ignoradas en meses y en años y muchas han sido enterradas porque la llamada jamás les llegó”.
Arrancaban así su crítica por la cuestión de los cribados, “un escándalo gritado, la de un TAC no realizado y que hubiera permitido la salvación de vidas, de mujeres afligidas, andaluzas destruidas por tu nefasta gestión”. “A mí ya no me sorprende tu incompetencia, un modo de política característico de la derecha, atribuyendo el presupuesto público al concierto privatizador”.
“Es terrorismo de Estado”
Por eso la comparsa considera que “no es un error humano, es terrorismo de Estado con plena conciencia y sin ningún temor”. “Nos has abandonado, las mujeres te han gritado y cual mafia en el poder su historia les has borrado”, lo que atribuyen –dirigiéndose directamente a Moreno– a “tus corruptas maneras”.
En este sentido, cargaban también contra su maltrato “de la institución y de tantas compañeras que han señalado, con la dignidad de sus pechos mutilados, que la sanidad es una cuestión de Estado que necesita protección y cuidados”. En este sentido, le reprochaban que la política sanitaria “no es un negocio que ha incrementado en los años en que has gobernado con tu política de muerte”, rematando el pasodoble asegurando que “no parará el grito popular que clama sin cesar dimisión del presidente”.

Trastienda se la competición - Las investigaciones posteriores demostraron que la rivalidad entre los dos bloques también se libró en los laboratorios, donde el dopaje se convirtió en un arma para ganar prestigio y poder político
La división del mundo en dos bloques antagónicos fue el resultado de una tensión política que se impuso sobre la paz alcanzada tras la Segunda Guerra Mundial. Las potencias vencedoras establecieron un equilibrio frágil que pronto se quebró por la desconfianza mutua y la pugna por la influencia global. La llamada Guerra Fría no fue un conflicto armado como tal, sino una disputa continua entre dos modelos opuestos: el capitalismo liderado por Estados Unidos y el comunismo encabezado por la Unión Soviética (URSS).
Esa confrontación ideológica se manifestó en casi todos los ámbitos, desde la economía hasta la ciencia, pasando por la propaganda y el deporte. La República Federal Alemana (RFA), situada en la órbita occidental, se convirtió en una pieza estratégica en el tablero europeo frente a la vecina República Democrática Alemana (RDA), aliada de Moscú. Ambas competían por demostrar la superioridad de sus sistemas políticos, y esa rivalidad impregnó los escenarios internacionales, incluidos los Juegos Olímpicos. Con ello, el deporte se transformó en una prolongación simbólica de la guerra que dividía al mundo en dos mitades irreconciliables.
Alemania Occidental impulsó un programa estatal de dopaje para obtener prestigio internacional
El estudio de la Universidad Humboldt de Berlín, divulgado por el diario Süddeutsche Zeitung, documentó en 2013 que la RFA desarrolló desde los años 70, aunque ya venía de más atrás, un sistema de dopaje organizado y financiado por el Estado, paralelo al de la Alemania del Este. La investigación, de más de 800 páginas, identificó el uso de testosterona, estrógenos, EPO y anabolizantes para mejorar el rendimiento de los deportistas, incluidos menores.
Según el informe, la RFA destinó millones de marcos al dopaje con el fin de obtener victorias internacionales y aprovechar su valor propagandístico. Aunque las autoridades eran conscientes de los riesgos sanitarios, mantuvieron el programa con la intención de burlar los controles. El propio documento recoge la frase de un alto cargo previa a los Juegos de Múnich: “Solo queremos una cosa, medalla en Múnich”.
La RDA, por su parte, llevó a cabo en 1974 el llamado Plan Estatal 14.25, un programa de dopaje masivo y coercitivo que suministraba testosterona y esteroides anabólicos a sus atletas. La finalidad era exhibir el éxito del sistema comunista mediante triunfos en competiciones internacionales. El plan se aplicaba incluso a menores y se ejecutaba con o sin el consentimiento de los deportistas. Con el paso de los años, numerosos exatletas denunciaron graves secuelas físicas y psicológicas derivadas del consumo obligatorio de esas sustancias.
Los Juegos de Múnich expusieron la fractura alemana y la presión por las victorias
Los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972 se convirtieron en uno de los escenarios más relevantes de esa rivalidad. La URSS dominó el medallero, mientras que la RDA superó a la RFA en varias disciplinas. Aquella competición, que pretendía ser símbolo de reconciliación y modernidad, terminó reflejando la fractura política de Alemania y la competencia entre los bloques. La RFA había querido mostrar una imagen renovada, alejada del pasado nazi, pero la presión por alcanzar los resultados provocó el uso prácticas que traicionaban ese propósito.
El dopaje en la RDA se ocultó mediante controles internos antes de los torneos internacionales. Los resultados positivos se gestionaban dentro del propio país, sin consecuencias públicas. Documentos desclasificados tras la reunificación confirmaron que la manipulación había sido sistemática y dirigida por la Stasi. En Múnich se realizaron unos 1.800 análisis antidopaje, pero los laboratorios del Este lograron evitar sanciones gracias a sus métodos de control y a la complicidad institucional.
En el caso de la RFA, el informe de la Universidad Humboldt reveló que el dopaje no fue una respuesta a las prácticas del Este, sino una decisión autónoma del gobierno. Las autoridades entendieron las victorias deportivas como una forma de prestigio político. El estudio describe además el uso de sustancias estimulantes en el fútbol, incluso durante los campeonatos mundiales ganados por Alemania.
Ha habido denuncias y compensaciones con el paso de los años
La exposición pública del informe provocó temor entre los implicados, muchos de ellos aún activos en el ámbito deportivo y político en aquel momento como Thomas Bach, presidente del DOSB y candidato a presidir el COI, acusado de censurar nombres; o Hans-Peter Friedrich, ministro del Interior. Por su parte, el líder de la oposición Thomas Oppermann pidió transparencia al Gobierno de Angela Merkel tras la filtración.
Tras la caída del muro de Berlín, las víctimas del dopaje estatal comenzaron a reclamar justicia. Se calculan alrededor de 10.000 afectados por el programa de la RDA, entre ellos atletas con lesiones irreversibles. Algunos, como la exatleta Ines Geipel o la nadadora Petra Schneider, solicitaron la anulación de sus marcas por considerar que procedían de una manipulación médica.
En 2000, los tribunales alemanes condenaron a Manfred Ewald y Manfred Höppner, responsables del sistema deportivo de la RDA, a penas de prisión que finalmente fueron suspendidas. El Estado alemán reconoció el daño sufrido y otorgó compensaciones económicas a casi 200 deportistas. Aquellas revelaciones cerraron el ciclo de una época en la que la gloria deportiva se construyó a costa del cuerpo y la salud de quienes servían como instrumentos de una guerra sin disparos.

Si la repostería europea es puro arte, la americana no se queda atrás, y en concreto la argentina tiene todos estos platazos
A nadie le amarga un dulce por América: los 5 postres más reconocidos en toda Colombia
Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente americano, Argentina juega en otra liga. Su historia culinaria, marcada por la inmigración europea y una fuerte cultura de café y sobremesa, explica por qué los postres de Argentina forman parte del día a día con absoluta naturalidad. Aquí el dulce no es solo el final de la comida, es una excusa para quedarse un rato más en la mesa.
En este recorrido por la repostería argentina asoman nombres que cualquier viajero ha escuchado —o probado—: el dulce de leche, los alfajores o la chocotorta, postres que han trascendido generaciones sin perder identidad. Argentina puede dividirse por provincias o acentos, pero hay algo que la mantiene unida: su relación casi emocional con lo dulce.
1. Alfajores
El postre argentino por excelencia. Dos galletas unidas por dulce de leche y, según la versión, cubiertas de chocolate o espolvoreadas con azúcar. Están en todas partes y forman parte de la infancia y la vida cotidiana.
2. Dulce de leche
Más que un postre, un ingrediente omnipresente. Se come solo, untado, en tortas o rellenando cualquier cosa que lo permita. Es uno de los grandes símbolos gastronómicos del país y difícil de sustituir por nada que no sea argentino.
3. Chocotorta
Un clásico moderno nacido en los años ochenta. Capas de galletas de chocolate, queso crema y dulce de leche sin necesidad de horno. Fácil, contundente y absolutamente popular, sobre todo en celebraciones familiares.
4. Pastafrola
Tarta de masa quebrada rellena de dulce de membrillo o batata, cubierta con un enrejado característico. Es habitual en meriendas y reuniones informales y uno de los dulces más reconocibles del recetario doméstico.
5. Vigilante
Postre simple y directo: queso y dulce, tradicionalmente de membrillo. Se sirve como cierre rápido de la comida y resume bien la relación argentina con el dulce, sin complicaciones ni adornos.

El mediador intercultural Miguel Martí comparte en un libro cinco años de trabajo en la primera línea del fenómeno migratorio en Canarias: ''Ha habido intervenciones que terminan con naufragios y desaparecer en el mar no es perderse, es ahogarse''
Hemeroteca - Puerto Naos, el corazón de las llegadas de pateras a Lanzarote que ha visto sobrevivir a más de 2.000 personas
La jornada de trabajo de Miguel Martí (Madrid, 1985) empieza con una alerta en el móvil. Una alerta de patera. Por eso, entre 2021 y 2025, cada vez que sonaba su teléfono, le daba un vuelco al corazón. Aunque en aquel entonces las llegadas de embarcaciones precarias a Lanzarote con migrantes a bordo eran constantes, eran impredecibles las circunstancias en las que cada superviviente tocaría tierra firme. “Teníamos que estar constantemente activados. A lo mejor te ibas a dormir a la 1 de la madrugada tras atender tres o cuatro pateras y a las 3 volvía a saltar la alerta en el grupo”, cuenta este voluntario de una importante ONG.
Martí, que llegó a Lanzarote por casualidad después de más de una década dedicada a la cooperación internacional en África y Sudamérica, ha intentado condensar en la novela ‘Alerta de patera’, publicada con El Garaje Ediciones, cinco años de trabajo a pie de puerto. En este tiempo, ha trabajado como mediador intercultural en el operativo que se despliega en la isla cada vez que llega una embarcación precaria. Durante estas emergencias, que a veces terminaban en tragedia, Martí ha conocido cientos de historias: desde las madres que perdieron a sus hijos en el camino hasta los menores que vieron morir a sus familiares en el Atlántico.
La figura del mediador intercultural en la primera atención de los migrantes es tan desconocida como determinante. “Es la persona que se comunica con los recién llegados en un idioma que puedan entender. Se les sitúa en el tiempo y en el espacio y se les explica cómo va a ser el sistema a partir de ese momento. También somos intermediarios entre los supervivientes y los sanitarios para que puedan comunicar cualquier dolencia”, resume Martí.
El propósito inicial de volcar en papel su día a día no era publicar un libro, sino “desahogarse”. “El objetivo empezó siendo simplemente plasmar lo que estaba viviendo en las intervenciones, porque hay situaciones traumáticas de fallecidos, desaparecidos, madres que se ahogan y su hijo sobrevive… Era una manera de poder afrontarlo a nivel personal”, recuerda. En el momento en que comenzó a escribir, estaba “desbordado totalmente”. La previsión de llegadas era de entre 900 y 1.000 personas, pero terminaron atravesando la ruta hasta Lanzarote más de 4.000.
Con el tiempo, empezó a buscar la forma de contar las tramas y redes que hay alrededor de las llegadas, con “gente que se está beneficiando económicamente de todo esto”. “Me he apoyado también en noticias de prensa para mostrar que, aunque los personajes de la trama son ficticios, el contexto es real. A través de la literatura estamos contando una realidad”, añade.
Entre los recuerdos que aún viven en Miguel y que aparecen en el libro está uno de los últimos naufragios registrados en la costa de Órzola, en el norte de Lanzarote. En esta tragedia perdieron la vida cuatro personas: un hombre, dos mujeres y un niño de seis años. “Ha habido más intervenciones que han terminado con naufragios en alta mar… Hay gente que ha desaparecido y desaparecer no es desaparecer en una ciudad o en un bosque, es ahogarse”, asevera.
“Uno trata de tomar los datos de una manera lo más profesional posible, y siempre con toda la empatía del mundo hacia esas personas que han sufrido tanto. Cuando se termina el trabajo, uno se desahoga más”, confiesa. Martí apostilla que dentro de la ONG en la que trabaja tiene la opción de solicitar apoyo psicológico. “En el libro hago referencia a un periodo en el que llegaron muchas personas y no se pudo abarcar de la forma más eficiente. Esto afecta más a la salud mental y física, hasta que llegaron más recursos”, asegura.
Contar con más recursos dentro de los equipos de asistencia a migrantes permite gestionar la atención de una forma más digna. “Aunque haya rescates traumáticos, puedes afrontarlas mejor, con más energía, cuando estás descansado”, subraya. Preguntado por las lagunas que existen después de la primera atención, durante la acogida de los migrantes, Martí responde tajante: “Creo que la cuestión no debe ser cómo mejorar el sistema de atención a los supervivientes, sino cómo crear un sistema que permita a la gente desplazarse y buscarse la vida de la mejor manera posible. Cuanto más militaricemos las fronteras, más muertes habrá”.
“En las situaciones de contingencia, se deben poner los medios necesarios para atender dignamente a los supervivientes, pero no creo que el camino sea gastar energía en ver cómo vamos a atender mejor a una población que no tendría que tomar estos cauces, sino que tiene el derecho de desplazarse de una manera digna y segura”, concluye.

María Rodríguez presenta ‘Claramonte’, una obra que juega y cuestiona el misterio que rodea la figura del actor, empresario y dramaturgo al que los últimos estudios acercan a la autoría de ‘El burlador de Sevilla’ y ‘La estrella de Sevilla’
María Rodríguez salió a la calle pensando en estilometría. Fue en octubre del año pasado, en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia (UMU). El catedrático de Literatura Española Germán Vega vino a Murcia a hablar de este “análisis de estadística léxica” con inteligencia artificial que puede agilizar la investigación que desenmarañe el “lío gordo” de las entre tres y cuatro mil obras del Siglo de Oro que podrían estar mal atribuidas. “Se compara el léxico de un texto con el de otros muchos que hay en un corpus de unas 3.000 obras y la máquina saca conclusiones”, explica Vega, responsable de la investigación junto a Álvaro Cuéllar. “Me impresionó, sobre todo, su eco en la vida, pensar que nos identifica nuestro lenguaje”, sigue Rodríguez, que también salió de Letras con un nombre. Andrés de Claramonte. ¿Les suena? A ella tampoco.
“Hay media docena de autores que podríamos colocar en el escalón inferior a Lope y Calderón —dice el catedrático, traductor y editor Alfredo Rodríguez López-Vázquez—. Claramonte sería uno de ellos”. Vega: “Sabemos poco de él, pero fue un hombre singular que tocó todos los palos del teatro, una especie de Shakespeare o Molière español, profesionales de todos los ámbitos del teatro, y que se puede confirmar como un gran dramaturgo”.
El doctor y dramaturgo César Oliva apunta a “un hombre de teatro” que “compraba y rectificaba obras, lo que precisa de un ingenio innegable”. “Un gran empresario y actor que también escribía”, afirma el profesor Rafael Sánchez, que desinfla el globo: “No hablaría de un gran dramaturgo, su dimensión es otra”. Un tipo escurridizo.
“Me gusta saber que era de Murcia y que hacía teatro hace más de 400 años. Calderón o Shakespeare son leyenda, pero Claramonte, en su incerteza, es más real, más parecido a 'nadie', más parecido a nosotros”, explica Rodríguez.
Vuelta a enero de 2026, año en el que se cumplen 400 años de la muerte de nuestro hombre: la dramaturga murciana estrena en el Teatro Romea ‘Claramonte’, una obra en la que juega y cuestiona el misterio que rodea la figura con un fondo de reivindicación.
La chispa que impulsa la trama es el montaje (metateatro, sí, pero no teman) de ‘La estrella de Sevilla’, una obra atribuida a Lope de Vega que la estilometría coloca ahora a Claramonte. La cosa no acaba ahí: Germán Vega vino a Murcia con una bomba. La máquina situaba al murciano como “principal candidato” a autor de ‘El burlador de Sevilla’. ¿Lo notan? Es el canon. Temblando.
El “lío gordo” y un canon dinámico
“Piense una cosa —dice Rodríguez López-Vázquez—: el gran teatro isabelino inglés se compone de 800 comedias y el trabajo de Molière no llega a las 40 obras. El teatro del Siglo de Oro se va a las 13.000”. Muchas obras.
“Había un mercadeo sin derechos de autor, bastaba con que un autor de compañía [un empresario] comprara una obra para que pudiera cambiarla, adaptarla a su compañía y explotarla. Era gente que se subía al escenario y repartía papeles, gente que tenía una compañía y tenía que pagarle, el texto, la literatura era lo de menos y el plagio no se entendía como ahora”, cuenta Oliva, que cree que el “interés por la autoría” viene “cuando la filología entra en escena”.
Vega habla de un “fenómeno exagerado” y de una “pasión enfervorecida” por el teatro popular y una querencia por “cambiar por los textos para colocarlos como nuevos”: “La gente solo iba a ver la obra una vez, se valoraba mucho el texto nuevo, por eso las compañías los cambiaban sin alterar mucho el desarrollo, y eso provoca un movimiento de atribuciones y textos tremendo”. También por eso se solían firmar los textos editados a nombre de los autores “que más vendían”. Añade otra derivada: “Tampoco existía el prurito de originalidad, de no usar tópicos. Los tópicos estaban para explotarlos y eran los propios de cada época”. Otro funcionar.
El canon del teatro aurisecular se conformó en el siglo XIX. Para uno de sus estandartes, el filólogo Marcelino Menéndez Pelayo, Claramonte era “poco menos que un plagiario, refundidor de obras de otros” y un “dramaturgo infame”. No: no le encantaba.
Vega sostiene que esta “recuperación” del Siglo de Oro se hizo “centrando el interés en autores muy concretos”. Rodríguez López-Vázquez se la devuelve: “Su criterio era bastante burdo, venía a ser: si una obra es buena, es de Lope, y si no, es de otro”. “Además —continúa—, en el caso del ‘Burlador’, de atribuírsela a Claramonte estaríamos tocando los privilegios culturales heredados de los frailes mercedarios, que seguirán sosteniendo que el autor es Tirso, se les demuestre lo que se les demuestre”.
Para Rafael Sánchez hay matices: “El hecho de que Menéndez Pelayo le pusiera el sambenito de dramaturgo menor no significa que fuera excelente. Para empezar, en su época no destacó tanto como Lope, Tirso, Calderón, Ruiz de Alarcón o Cubillo. Tuvo su gloria y su apreciación subirá si se le acaba atribuyendo ‘La estrella de Sevilla’, pero su posición no se debe solo a lo que decía Menéndez Pelayo, Claramonte también tenía obras deficientes que no han pasado el filtro del tiempo”. Sí sostiene la necesidad de estudiar el canon “sin anclajes”: “Tenemos que tener una mente científica en esto, cualquier estudio puede cambiar algo que llevábamos años considerando de otra manera”.
“La estilometría incorpora la investigación de atribuciones que considerábamos probadas y eso va a hacer que se recoloque la posición de cada dramaturgo”, cree Vega, que considera que esa “redistribución” puede “descolocar” al público, pero también “estimularle”: “Está el caso de ‘La francesa Laura’, una comedia anónima que se conservaba en la Biblioteca Nacional. En cuanto se supo que era de Lope, aparecieron compañías dispuestas a representarla”. “Si el 30% de las obras del Siglo de Oro están mal distribuidas, es muy fácil que se nos estén escurriendo dos o tres autores de primera línea, eso cambiaría el canon por completo”, apunta Rodríguez López-Vázquez.
¿Hablamos de otros Claramontes, entonces?
“¡Sin duda!”, responde Rodríguez López-Vazquez. Habla de Rodrigo de Herrera: “Existe una obra suya magnífica, recogida en el repertorio de Mesonero Romanos, pero es imposible que tuviera una sola obra. Y hablamos de alguien de mucho nivel”.
Vega se coloca en la misma línea: “Claramonte es un caso descarado porque se le pueden atribuir dos textos muy importantes. Con esa fuerza no, pero hay otro murciano, Gaspar de Ávila, al que le pasa algo parecido: la estilometría dice que pensábamos que eran de Lope o Tirso quizá sean suyas, hay que estudiarlo”. Sánchez no lo tiene claro: “Hay autores con una sola obra, mira a Fernando de Rojas. Eso es jugar a la ruleta. ¿Y si ese poeta se ganaba la vida de otra cosa y solo escribió ese texto? Ese argumento no tiene base”. Para él “es posible que haya un tercio de obras mal atribuidas, pero que aparezca alguien al nivel de Lope o Tirso es muy difícil. Son muchos años y muchos estudios.
Además, los grandes autores son los que están referenciados en el propio Siglo de Oro y es difícil que aparezca alguien desconocido“. Y lanza una pregunta: ”Habría que preguntarse qué significa ser un gran autor: ¿vender mucho en la época o pasar el filtro del tiempo y que su obra se pueda leer con la modernidad con la que se leen las de Lope o Tirso?“. Tiene un ejemplo: ”Otro murciano, Salucio del Poyo, era un autor al que le compraron obras, y fueron representadas y bien recibidas por la gente de la época, pero no han pasado el filtro del tiempo“.
“Un autor de la talla de Molière y con mucha más obra” para Rodríguez López-Vázquez, “un personaje del que aún sabemos demasiado poco” para Vega, un “magnífico actor y autor de comedias que además escribía —según Sánchez—, alguien con un perfil total en el teatro, polifacético como Shakespeare, Molière y nadie más a quien se puede reivindicar sin entrar en que sea un dramaturgo de tercera, segunda o primera”.
Hacia el final de su obra, Rodríguez traza una línea que une la peripecia de nuestro hombre con el papel de las historias. Eso que decía Harry Crews de la montaña de mentiras sobre la que se sostiene una verdad inapelable. “Como pasa en Claramonte, la ficción revela verdades indirectas y profundas. Yo creo que amplía la realidad de la vida”, dice. ¿Y para ella? ¿Quién fue Andrés de Claramonte? “Pues un teatrero del Barroco —contesta—. El teatro está en el escenario, está vivo y eso sí que está claro: Claramonte estrenaba, actuaba y giraba con su compañía. En ese sentido triunfó. Tenía privilegio real, tenía público. No está mal”.

La maquinaria mediática oculta la realidad y la sustituye por el ruido del espectáculo; lo que Gilles Deleuze, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, llamó en términos comunicativos una ‘inflación de proposiciones sin interés’
La verdad de Anna
Conseguir que la humanidad “luche por su esclavitud como si se tratara de su salvación” no es tan difícil, como bien sabía el autor de la cita, Spinoza. Desde luego, la época del filósofo neerlandés no era esta, y donde entonces hablaba de la religión como principal excusa para inculcar miedo, sospecho que hoy hablaría de otras cosas. Pero esa es la única diferencia de facto: el tipo de cadenas que se usan. Que hoy no nos sometan con cruces, estrellas de David y medias lunas —al menos aquí, y al menos de momento— no significa que el poder no nos doblegue con otras herramientas de similar contundencia, que funcionan incuestionablemente bien en sociedades donde “hasta la discusión es tenida por sacrilegio” y “los prejuicios” imbuidos en las mentes “no dejan a la sana razón lugar alguno, ni para la simple duda” (Tratado teológico–político, 1670).
Echen un vistazo al instrumento habitual de la Edad Contemporánea para alcanzar dicho objetivo; me refiero a los medios de comunicación, por supuesto. En principio, son el no va más de la discusión, justo lo contrario a lo que Spinoza achacaba a los turcos en su tratado. Ahora bien, ¿de qué se discute en ellos? Con contadísimas excepciones, de nada relacionado con los problemas de millones y millones de personas, que se ningunean tanto como los debates económicos y políticos necesarios para encontrar una solución. De hecho, parte de lo que algunos llaman desafección no es sino el resultado final de no tener casa, no llegar a fin de mes o no poder encender un radiador en invierno y observar que, entre tanto, día tras día, año tras año, la maquinaria mediática va mucho más allá de vender “intereses particulares como si fueran de todos” (Herbert Marcuse): además, oculta la realidad misma y la sustituye por un ceremonial de espectáculo y ruido, una “inflación de proposiciones sin interés” (Gilles Deleuze, Conversaciones). Grosso modo, como la religión en otros tiempos.
Este domingo se cumplen precisamente cien años del nacimiento de Deleuze, uno de los pensadores más originales del siglo XX. Pues bien, en una entrevista publicada en el n.º 1 de la revista francesa Futur Antérieur, afirmaba que hemos entrado en un sistema que no funciona como antes, a base de “disciplina y su técnica principal, el encierro”, sino “por control continuo y comunicación instantánea”. Lo decía en respuesta a una pregunta del entrevistador, un tal Antonio Negri (Marx más allá de Marx, El tren de Finlandia, Imperio, etcétera), quien quería saber si, desde su punto de vista, la sociedad de la información podía facilitar la “utopía marxista de los Grundisse, una organización transversal de individuos libres”. Ahora, varias décadas después y visto lo visto, sabemos que lo que facilita no es ni mucho menos la emancipación de nadie; pero ya entonces (1990), Deleuze insinuó que había más posibilidades de que ese control continuo provocara que hasta los peores encierros de antaño nos llegaran a parecer “pertenecientes a un pasado delicioso y benévolo” en comparación.
Es obvio que la Historia no permite volver atrás. Vivimos en el mundo en el que vivimos, y el propio Marcuse afirmaba en El hombre unidimensional que “el precondicionamiento” de la gente no empieza con “los mass-media” y sus formas de manipular la realidad; es anterior, con independencia de lo que puedan empeorar por sí mismos y, a decir verdad, ni siquiera sería relevante si la acción política activa y el pensamiento crítico fueran la norma y no la excepción: en ese caso, la propia fortaleza de una sociedad que crea, lucha, se organiza y se niega a que se escondan los conflictos generaría los anticuerpos culturales suficientes para equilibrar la balanza. Incluso es posible —ocurre con frecuencia— que arrastrara el sistema mediático hacia sus posiciones, porque ser productor de información no es lo mismo que ser simple consumidor de esta. El “liderazgo intelectual y moral” (Gramsci, Cuadernos de la cárcel) tiene algo que ver con el concepto de hegemonía.
Empezaba este texto con la ironía de Spinoza, tan querido para Gilles Deleuze, y lo termino con la de Mark Horkheimer y Theodor W. Adorno en Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. En su conocida obra, se lee que hubo un tiempo en que los artistas firmaban sus cartas “designándose siervos humildísimos mientras minaban las bases del trono y el altar”, y que “hoy se tutean con los jefes de Estado y están sometidos, en cualquiera de sus impulsos artísticos, al juicio de sus iletrados patrones”. Esperemos que nuestras sociedades no sigan cometiendo el mismo error con la política, porque lo que se juegan, lo que nos jugamos, es el futuro.

Una serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de la trayectoria del arquitecto catalán
Conocer a Gaudí en el aniversario de su muerte: la etapa naturista de Gaudí
Con motivo del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, llega esta serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de su trayectoria como arquitecto. Más allá del mito y del souvenir, estas piezas buscan entender cómo evolucionó su manera de pensar, de construir y de mirar el mundo, y cómo cada periodo de su vida dejó una huella reconocible en su arquitectura y en la ciudad de Barcelona.
La etapa final de Gaudí tiene algo de cierre y algo de encierro. Cierre porque es el punto donde todo lo anterior se condensa, se ordena y, por fin, encaja. Encierro porque, en la práctica, el arquitecto termina viviendo para una sola obra. Mientras Barcelona cambia de siglo, de ritmo y de conflictos, Gaudí va estrechando su mundo hasta quedarse casi a solas con la Basílica de la Sagrada Família. No es que deje de ser un creador: es que decide concentrar todo lo que ha aprendido —y todo lo que es— en un único edificio.
Culminación: cuando estructura y ornamento dejan de pelearse
En los últimos años de su carrera, Gaudí alcanza la culminación de su estilo naturalista. Ya no se trata de probar soluciones, sino de hacer síntesis. La gran diferencia con etapas anteriores es que aquí la estructura y la decoración dejan de competir por el protagonismo: se necesitan. La forma ya no “viste” la función, y la función no impone límites a la forma. Todo se integra en un sistema coherente: arquitectura, escultura, luz, simbolismo, artes aplicadas. Un todo pensado como un organismo.
Esa culminación no se ve solo en lo monumental. A veces se entiende mejor en lo pequeño.
Las Escuelas de la Sagrada Familia: genialidad sin ruido
En 1909 Gaudí construye las Escoles de la Sagrada Família, un edificio destinado a escolarizar a los hijos de los obreros que trabajaban en el templo. La escala es mínima, pero la inteligencia es máxima. Planta rectangular, tres aulas, vestíbulo y capilla. Ladrillo visto, técnica tradicional catalana y, sobre todo, una decisión formal que lo cambia todo: paredes y cubierta onduladas.
Esas ondulaciones no son un capricho. Dan ligereza visual, sí, pero también resistencia estructural. El edificio parece humilde, casi provisional, y sin embargo funciona como una lección completa sobre cómo Gaudí entiende la construcción en su etapa final: máxima eficiencia con mínimos recursos, geometría al servicio de la vida real.
En esos mismos años se le atribuyen intervenciones puntuales —no siempre acreditadas documentalmente— en la parroquia de San Juan Bautista de Gràcia, en Barcelona. Lo relevante, más allá de la autoría exacta, es que el estilo gaudiniano de esta etapa ya se reconoce por sí solo: cúpulas con trencadís, simbología medida, inscripciones, una manera de hacer que no necesita firma para delatarse.
Pequeños proyectos, el mismo pulso
A partir de 1910, Gaudí apenas se permite trabajos fuera del templo. Algunos son casi anecdóticos, pero muestran que incluso en lo conmemorativo o lo funcional mantiene su lenguaje. En Vic, por ejemplo, diseña unas farolas en forma de obelisco para la Plaça Major, con piedra basáltica, hierro forjado y la cruz de cuatro brazos como remate. También elabora un escudo para su gran mecenas, Eusebi Güell, lleno de símbolos y juegos heráldicos, como si incluso en un blasón necesitara introducir la lógica de sus curvas y sus arcos.
Diseña púlpitos, propone correcciones para proyectos ajenos —como en Manresa— y recibe consultas que no llegan a concretarse, incluida la idea de una gran estación monumental de tren. Pero el centro de gravedad ya está fijado: todo vuelve a la Sagrada Familia.
Sagrada Familia: el templo como síntesis total
Desde 1915, Gaudí se entrega prácticamente en exclusiva al Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Lo que había empezado con cripta y ábside de aire neogótico se transforma en algo completamente distinto: un edificio orgánico que imita —en el sentido más literal— las formas de la naturaleza. El interior está pensado como un bosque. Columnas arborescentes, inclinadas y helicoidales, que se ramifican y distribuyen el peso con una lógica que parece vegetal.
Aquí Gaudí aplica todo lo aprendido en proyectos anteriores: los ensayos estructurales de la Cripta de la Colònia Güell, la integración con el terreno del Parc Güell, la obsesión por la luz de su intervención en Mallorca. Pero en la Sagrada Familia ya no hay “referencias” sueltas: hay sistema. Geometría reglada, superficies que se curvan como si fueran inevitables, vidrieras que no decoran sino que construyen atmósfera. Y un simbolismo que atraviesa el templo de arriba abajo.
El proyecto, además, es descomunal: planta de cruz latina, varias naves, transepto, ábside con capillas, tres fachadas dedicadas al Nacimiento, la Pasión y la Gloria, y un conjunto de torres que, cuando se complete, conformará el skyline más ambicioso de la arquitectura religiosa contemporánea.
Durante la vida de Gaudí, sin embargo, se termina solo una parte: la cripta, el ábside y una porción de la fachada del Nacimiento. Él apenas llega a ver coronada la torre de San Bernabé. El resto queda como promesa, como proyecto heredado, como construcción que atraviesa generaciones.
El final: proyectos que se quedan en boceto y una vida que se queda en el templo
En los últimos años aparecen también encargos que no se materializan: monumentos conmemorativos, una iglesia en Chile que nunca se llega a levantar, proyectos que se quedan en dibujo. Da la sensación de que Gaudí ya no tiene margen —ni interés— para dispersarse. Su dedicación es absoluta y, en cierto modo, irreversible.
Y entonces llega el accidente que le causará la muerte. El relato se suele contar con un punto de moraleja —el genio pobre, el hombre no reconocido—, pero lo decisivo es otra cosa: Gaudí muere cuando su obra ya ha dejado de pertenecerle del todo. La etapa final no es solo la culminación de un estilo. Es el momento en que su arquitectura pasa a ser, también, una obra colectiva, una construcción de tiempo largo, una idea que sobrevive a su autor.
Por eso hablar de la etapa final de Gaudí no es hablar únicamente de los últimos años de un arquitecto. Es hablar del momento en que, para bien y para mal, Gaudí deja de ser un nombre y se convierte en una estructura. En un sistema. En un templo que todavía sigue levantándose.