
Javier Rotaeche Mosquera, primer alcalde de la democracia de Ramales de la Victoria e hijo adoptivo del municipio, comparte uno de esos legados inabarcables. Esta es la historia de un hombre de energía infinita que ha sembrado concordia y cultura en cada uno de sus gestos
Es casi imposible hablar del Ramales de la Victoria que conocemos actualmente sin nombrar a Javier Rotaeche. Casi todos los mimbres del hoy los ha ido construyendo, impulsando o cuidando este hombre a lo largo de sus 86 años de vida muy vivida.
Es recordado por ser el primer alcalde de la democracia en el municipio, pero lo cierto es que desde que este santanderino de nacimiento llegó a Ramales de la Victoria, a principios de los años 60 del siglo pasado, se volcó en todo lo que tuviera que ver con la vida del pueblo: desde organizar bailes hasta arreglar, durante años, el emisor de la antena de televisión. Fue fundador y presidente de la Asociación de Padres y Alumnos del colegio Príncipe de Asturias y su empeño, sumado a la energía de muchas familias, convirtió el colegio en un centro vivo, un lugar donde aprender era también participar.
Ese impulso por mejorar la vida colectiva lo llevó también a cofundar y presidir la Asociación de Vecinos de Ramales de la Victoria, convencido de que “no se trataba de hacer guerras, sino cosas buenas para el pueblo”. Cuidó de la Banda Municipal y fundó la Rondalla San Pedro Apóstol, ha estimulado el amor por el ajedrez en varias generaciones y ha sido un pilar importante en la promoción del envejecimiento participativo. De hecho, mucho antes de que existiera la Asociación de Jubilados, un pequeño grupo de vecinos —entre ellos, Javier— puso en marcha el Aula de la Tercera Edad. Al principio todo era sencillo y muy práctico: repartían cestas de comida, organizaban juegos de mesa, charlas-coloquio y excursiones que ofrecían un respiro a las personas mayores del valle. Era una forma de acompañar, de no dejar a nadie atrás.
Más tarde, con la colaboración de Modesto Chato de los Bueys, fundador de UNATE, aquel proyecto fue tomando forma hasta convertirse en un espacio pionero de encuentro y aprendizaje que con los años evolucionó en el actual Centro Cultural de Mayores. Cuando en 2002 se constituyó la Asociación de Jubilados de Ramales de la Victoria, Javier se incorporó poco después, en 2008, ocupando distintos cargos y llegando a ejercer durante quince años como secretario. Era una forma más —una de tantas— de seguir sosteniendo la comunidad que había ayudado a tejer.
El compromiso de Javier con el bienestar de los demás no se detuvo ahí. Durante casi una década fue coordinador de Cáritas Diocesana en Ramales, acompañando a decenas de familias en situaciones de necesidad. “Todo, desde ropa y comida hasta la luz o el agua”, recuerda. Su papel consistía en escuchar, orientar y gestionar recursos, siempre con discreción y respeto. Esa labor social convivió con otra que venía de lejos: la de ayudar a enfermos y personas mayores del valle.
Mucho antes de tener cualquier cargo oficial, Javier ya utilizaba su propio coche para trasladar a quienes necesitaban llegar al médico o a una consulta en el Hospital de Valdecilla. Era un gesto cotidiano, pero crucial para muchos vecinos en una época en la que casi no había vehículos. Con el tiempo logró financiación para que Ramales de la Victoria dispusiera de dos ambulancias. Su casa —como antes lo fue la de sus padres en Santander— permaneció siempre abierta a quien necesitara un techo, un recado o una mano.
Javier Rotaeche Mosquera nació en el número 21 de la calle Peña Herbosa (Santander) el 4 de febrero de 1939, cuando la ciudad aún despertaba entre silencios tras la Guerra de España. Era el sexto de siete hermanos, hijo de Venancio Rotaeche Fernández, mecánico de oficio, y de Justa Mosquera López, mujer tenaz que recorría las calles del Barrio Pesquero vendiendo pescado con el carpancho en la cabeza, antes de establecer su propio puesto en la plaza de La Esperanza.
En aquella casa pequeña, donde el olor a hierro y a mar se mezclaban con el de los guisos humildes, aprendió dos herencias que lo acompañarían toda la vida: la fe inquebrantable de su madre —devota de la Virgen del Carmen— y la ética del trabajo de su padre, que resumía el oficio y la vida en una misma frase: “Era un buen mecánico, pero mejor persona”. A su lado estuvo también María, una mujer de Sobremazas que trabajó como sirvienta en la casa y a la que reconoce como “segunda madre”. Se quedó con él hasta su matrimonio, una compañía serena, hecha de pequeñas pero grandes atenciones, sosteniendo una casa sin pedir palabras.
Su infancia estuvo atravesada por la dureza de los años 40. En el Barrio Pesquero veía zarpar a los hombres de la familia hacia la mar, en un tiempo en que un viaje podía torcerse para siempre. Dos de sus hermanos murieron lejos de casa: uno, en el petrolero Bonifaz, embestido por un buque francés frente al cabo Finisterre; otro, enfermo tras una travesía. Aquellas pérdidas tempranas quedaron grabadas en el imaginario familiar.
Recuerda las colas del racionamiento, el bacalao duro envuelto en papel, los pasos apresurados de su madre al amanecer, la cesta al hombro, la economía de cada gesto. Y aun así, el recuerdo que emerge con más claridad es el de una casa unida, donde la educación y el respeto sostenían la vida diaria. En medio de la escasez, había una dignidad silenciosa, un orden moral firme, una confianza profunda en el trabajo y en la comunidad.
Estudió en el colegio San Martín, en la calle Canalejas, donde se formó con los hermanos de La Salle hasta los 14 años. Aquel centro, dirigido entonces por don Daniel García, fue para él una puerta abierta al mundo: allí aprendió francés, taquigrafía y ajedrez, habilidades que ampliaron su mirada y despertaron una curiosidad nueva. Recuerda con afecto la urbanidad que se respiraba en las aulas, una educación cívica sencilla, pero bien asentada. “Religión había la justa”, dice, evocando su primera comunión, que vivió como un día especial: la celebró junto al obispo José Eguino y Trecu en la iglesia de San José Obrero, en la calle Tetuán.
Su pertenencia a la Congregación del Niño Jesús reforzó esa mirada humanista y espiritual que lo acompañaría siempre, una educación en la fe y en la responsabilidad hacia los demás. También en su familia encontraba ejemplos cercanos: una de sus tías, catequista en Cáritas, dedicaba horas a repartir comida entre quienes más lo necesitaban. Ese gesto cotidiano de servicio —sin estridencias, sin esperar nada a cambio— quedó grabado en él.
Eran años en los que también jugaba al fútbol, cuando el barrio servía de campo. En medio de aquella vida sencilla fueron tomando forma las aficiones que lo acompañarían siempre: el ajedrez, el teatro, la lectura, la curiosidad por todo lo que tuviera que ver con la cultura. Recuerda la vitalidad de aquellas calles y cómo, en San Celedonio, llegó a organizar excursiones a Colindres, Laredo y otros pueblos cercanos, pequeñas salidas que agrandaban el mundo.
Muy joven empezó a trabajar junto a su padre en el segundo taller familiar, el que abrieron en San Fernando, frente al antiguo cine Pereda —el primero había estado en la calle San José—. “Fue un buen maestro, compañero y padre”, reconoce. En la posguerra, la mecánica era un oficio de ingenio más que de piezas nuevas y Javier destacaba por su destreza y por una curiosidad que no se apagaba nunca. En esos mismos años obtuvo el carné de conducir, recién cumplidos los 18, un logro que le abrió nuevas posibilidades en un país que empezaba a moverse de otra manera.
Aquel mundo de llaves inglesas, grasa y olor a gasolina fue su verdadera escuela. Con 20 años decidió ofrecerse voluntario para el servicio militar y se alistó en el cuartel ABQ del Alta, en Santander. Tras 20 días de instrucción juró bandera —“cuatro veces”, recuerda con una mezcla de humor y precisión— y fue destinado como chófer durante casi un año. Condujo para altos mandos del ejército, entre ellos el general Luis Suanzes París y el general Julio Oslé Carbonell. Su buen hacer lo llevó a recibir una propuesta de traslado a Madrid para “militarizarse” y ponerse al servicio de altos cargos, pero él tenía otros planes: quedarse en Santander, cerca de su padre, a quien sentía que todavía debía mucho. Y después, quizá, si la vida lo permitía, probar suerte en México.
Terminada la mili, regresó al taller familiar, aunque la vida pronto le abrió otro camino. Un indiano afincado en México, propietario del edificio Bahía de Santander, lo contrató como chófer para realizar un viaje a Madrid con destino a Ogarrio (Ruesga). Lo que iba a ser un servicio puntual se convirtió en tres meses de trabajo, una etapa intensa que le enseñó otro ritmo de mundo. Y fue precisamente entonces cuando se cruzó con una joven de Ruesga, Dulce María Zubillaga Trueba. “La vi con un delantal rojo, recogiendo leche en el puesto de Nestlé”, recuerda. Esa imagen quedó grabada como el inicio de todo: de su historia compartida y de su arraigo definitivo en Ramales de la Victoria.
Tras unos meses de noviazgo, el amor lo llevó a instalarse allí y, pese a la escasez de coches, a abrir su propio negocio: un taller en la calle Salvador Pereda. Se casaron el día del Pilar de 1963, en la iglesia de San Miguel de Ogarrio. Celebraron en el Hostal Río Asón y viajaron a Madrid en una luna de miel que él recuerda con la mezcla justa de emoción y vértigo. Al año siguiente nació su primer hijo, Francisco Javier; después llegarían Dulce María, Rocío, Luis Alberto, Juan Carlos, José María, Verónica y Santiago. Con ellos, y con Dulce María siempre a su lado, construyeron su hogar definitivo en Ramales de la Victoria.
Durante los años 60 y 70, Javier alternó su trabajo como mecánico con el de comercial de vehículos Citroën y de maquinaria. Hacía portes, recorría kilómetros para atender encargos y, aun así, cada viernes estaba de vuelta en casa. Tenía claro que sus hijos debían estudiar: “Siempre los llevé a colegios públicos —dice— y estuve implicado en su educación”. Fue fundador y presidente de la Asociación de Padres y Alumnos del colegio Príncipe de Asturias. Tenía la convicción —sencilla, firme— de que la educación debía desbordar el aula. Bajo su impulso se organizaron charlas, talleres de cerámica, conferencias de especialistas, excursiones a las cuevas de Altamira o a Santo Toribio de Liébana.
En 1979 fue elegido primer alcalde democrático de Ramales de la Victoria. Se presentó como independiente dentro de la candidatura del PRC, guiado por un propósito sencillo —“ser un alcalde del pueblo, para el pueblo”— y por una ética tan firme que nunca cobró sueldo: “Mi conciencia no me lo permitía”. Su mandato, entre el 17 de abril de 1979 y el 8 de mayo de 1983, coincidió con un tiempo de reconstrucción democrática y de urgencias cotidianas. Impulsó la construcción de varias pistas polideportivas, la mejora de carreteras, el abastecimiento de agua, el saneamiento y la promoción de 120 nuevas viviendas y 40 establecimientos. También se volcaron esfuerzos en los colegios Rosario Pereda y Príncipe de Asturias, en la organización de talleres y conferencias, y en un calendario cultural y deportivo que empezaba a dar forma a un Ramales de la Victoria más vivo.
Apostó por el deporte —en especial por el fútbol femenino, que entonces tenía poca visibilidad—, por la cultura y por las fiestas y verbenas que devolvieron música y movimiento a la plaza. La Verbena del Mantón, los conciertos y las actuaciones fueron parte de esa recuperación del pulso comunitario. “He pasado momentos duros, pero lo hice con amor y con fe en la gente”, solía resumir. Su gestión fue reconocida por el vecindario, y él mismo decía que lo que más valoraba de aquellos años era la amistad sincera del pueblo. En el informe con el que cerró su etapa escribió que se marchaba con “paz de espíritu total y la plena satisfacción del deber cumplido”, y dejó un deseo para el municipio que había marcado su vida: “unidad, prosperidad y felicidad”.
Si algo describe a Javier es que ha sido siempre un dinamizador incansable. A finales de los años 70, además de cuidar la Banda de Música, impulsó la creación de la Rondalla San Pedro Apóstol, dirigida por Jesús Calvo. Aquella rondalla, hoy con más de cuatro décadas de historia, permitió que muchos jóvenes llevaran música por distintas localidades de Cantabria. Durante esos años también organizó torneos de ajedrez, se implicó en homenajes —como el dedicado a Jacinto Gutiérrez Pérez—, y promovió conferencias sobre salud y cultura. Para él, toda actividad tenía un propósito: educar, acompañar, abrir horizontes. Su vocación pedagógica se mantuvo intacta en cada proyecto; veía en ellos un modo de sembrar futuro.
En 2015 fundó el Club de Ajedrez Alto Asón, donde llegó a dar clase a más de 80 niños y niñas cada semana. “Aprendo más de ellos que ellos de mí”, confiesa. A día de hoy sigue acudiendo al colegio de Ramales de la Victoria, movido por esa mezcla de paciencia, curiosidad y afecto que siempre ha caracterizado su forma de estar con la infancia. Lo que en un principio nació como un grupo de amigos jugando a las cartas acabó convirtiéndose en un movimiento que cambió la vida comunitaria del valle.
Entre los recuerdos que conserva con mayor orgullo hay uno que no habla de él, sino de su hijo mayor, Javier Rotaeche Zubillaga, nombrado Hijo Adoptivo de Ramales de la Victoria en 2017. Vivió aquel reconocimiento como una alegría profunda, un honor que sentía compartido por toda la familia.
Seis años más tarde, en marzo de 2023, el propio Javier Rotaeche Mosquera recibiría la misma distinción. El Ayuntamiento, con su alcalde César García García al frente, le otorgó la medalla de Hijo Adoptivo del municipio por más de 58 años de servicio público. Se reconocían así “su contribución al desarrollo del municipio, la defensa de la democracia, la promoción de la cultura y la difusión de una sociedad justa y equitativa”. Rodeado de su familia, resumió su sentir con una frase sencilla: “Estoy orgulloso de haber trabajado siempre por los demás sin pedir nada a cambio”. Una frase sencilla, pero que contiene la esencia de toda su filosofía de vida.
A los 74 años cerró el taller. Fue una despedida tranquila: quedaba atrás el trabajo de toda una vida y también el recuerdo del apoyo constante de su familia en los años más intensos del oficio. Hoy, ya jubilado, con más de 60 años de trabajo a sus espaldas, Javier vive entre la calma y la memoria, acompañado de Dulce María, su compañera de siempre. Con ella ha celebrado cuatro veces el “sí quiero” —boda, plata, oro y diamantes—, una manera de decir que el compromiso también puede renovarse con los años. Le agradece todo: la crianza, el cuidado del hogar, la constancia silenciosa con la que sostuvo a la familia. Ella convive ahora con la artrosis; él, con el párkinson, después de haber superado un cáncer de garganta. Ambos siguen adelante con una serenidad que sorprende: “Tengo fe —dice—. Me levanto cada día y pienso que tengo 40 años”.
Agradece lo vivido, consciente de la fragilidad del tiempo y del peso de cada decisión. Habla con afecto de su familia —incluida la última generación: seis nietos y una nieta—, de las amistades, del vecindario de Ramales de la Victoria y, en especial, de esa “segunda familia” que siempre encontró en Maruja, Pepe y sus seis hijos. También del alumnado de ajedrez, que ocupa buena parte de sus días.
Y cuando mira atrás, vuelve al amor que siente por Santander y por todas las personas que guarda en su memoria. En esa mirada encuentra la enseñanza temprana de su padre, el mecánico de Puertochico: que el trabajo bien hecho, acompañado de bondad, es, al final, el legado que merece la pena dejar. “Siembra felicidad y recogerás humanidad”, declara como lema.

La repostería macedonia es puro arte, tradición y sabor en cada uno de estos bocados
A nadie le amarga un dulce por Europa: los 5 postres más reconocidos en toda Turquía
Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente, Macedonia del Norte juega en otra liga. Su historia culinaria, marcada por la herencia balcánica y la influencia otomana, explica por qué los postres de Macedonia del Norte siguen muy ligados a la tradición y a la cocina doméstica. Entre frutos secos, almíbares y masas sencillas, estos cinco clásicos abren la puerta a un universo donde el dulce forma parte de la vida cotidiana.
En este recorrido por la repostería macedonia asoman nombres que cualquier viajero ha escuchado —o probado—: el baklava, el tulumba o el kadaif, dulces que han cruzado fronteras sin perder identidad. Macedonia del Norte puede dividirse por regiones o costumbres locales, pero hay algo que la mantiene unida: su manera de entender el postre como una prolongación natural de la mesa.
1. Baklava
Muy presente en todo el país, este dulce de capas de masa fina rellenas de frutos secos y bañadas en almíbar es uno de los más populares. Se sirve en pequeñas porciones y suele aparecer en celebraciones familiares y festividades religiosas.
2. Tulumba
Un dulce frito y crujiente, empapado en almíbar. Se reconoce por su forma alargada y su textura ligera. Es habitual en pastelerías y como postre rápido tras las comidas.
3. Kadaif
Similar al baklava, pero elaborado con una masa en forma de hilos finos. Se rellena de nueces y se baña en almíbar tras el horneado. Es un clásico en celebraciones y mesas festivas.
4. Trilece
Un pastel esponjoso empapado en tres tipos de leche. Aunque su origen no es estrictamente macedonio, se ha integrado plenamente en la repostería local y es muy popular en restaurantes y cafeterías.
5. Lokum
Dulce gelatinoso aromatizado, servido en pequeños cubos espolvoreados con azúcar glas. Se ofrece a menudo junto al café o como gesto de hospitalidad en casas particulares.

Urraca I de León gobernó sola, mandó ejércitos y sostuvo un reino entero en el siglo XII
¿Por qué Castilla y León lleva el nombre del animal de la sabana?
En marzo de 2026 se cumplirán 900 años de la muerte de Urraca I de León, y con esa cifra redonda llega también una oportunidad incómoda: revisar qué hemos contado —y qué no— sobre la primera mujer que gobernó un reino europeo por derecho propio. Sin marido, sin regente y sin pedir permiso.
Mientras otras reinas medievales fueron consortes, viudas tutelares o figuras decorativas, Urraca reinó. Gobernó el Reino de León, Castilla y Galicia durante diecisiete años sin que se desintegrara. En una Europa feudal, violenta y profundamente misógina, eso no era una anécdota: era una hazaña política.
Reina sin manual de instrucciones
Urraca nació hacia 1081, hija de Alfonso VI, en un contexto donde el poder femenino no estaba prohibido… pero sí cuestionado constantemente. Educada para gobernar en un territorio con tradición jurídica propia —el leonés—, accedió al trono en 1109 sin hermanos varones que la sustituyeran.
Desde el primer momento, su reinado fue una prueba de resistencia. Nobles levantiscos, presiones eclesiásticas, conflictos internos y un matrimonio impuesto con Alfonso I de Aragón que acabó en violencia y guerra abierta. Urraca no solo sobrevivió políticamente a todo eso: ganó.
Se tituló reina y emperatriz, acuñó moneda, tomó decisiones militares y sostuvo la unidad del reino. Nada de eso era simbólico.
El problema no fue su reinado, fue ser mujer
Las crónicas medievales no fueron indulgentes con ella. No porque gobernara mal, sino porque gobernaba siendo mujer. Se la describió como caprichosa, inestable, excesiva. A los reyes hombres que libraban las mismas guerras se les llamaba firmes; a ella, temeraria.
Ese relato, repetido durante siglos, acabó expulsándola de los manuales escolares. Mientras otros monarcas del mismo periodo ocupaban páginas y estatuas, Urraca quedó reducida a pie de página. O directamente al olvido.
León quiere ajustar cuentas con su historia
La ciudad de León ha decidido aprovechar el aniversario para saldar esa deuda. Durante 2026, un programa cultural ambicioso devolverá a Urraca al centro del relato histórico.
El primer homenaje tendrá lugar en el Panteón Real de San Isidoro, donde reposan los monarcas leoneses desde siglos antes de El Escorial. Allí comenzará una conmemoración que incluye exposiciones, congresos internacionales y actividades divulgativas.
Entre los platos fuertes destaca la exposición Reina ella. Urraca I de León, que reunirá piezas procedentes de museos europeos y estadounidenses: marfiles del siglo XII, manuscritos, orfebrería y objetos ligados directamente a su corte. No reliquias aisladas, sino contexto.
Una reina europea antes de que Europa lo supiera
Los medievalistas lo tienen claro: Urraca fue la primera reina soberana de Europa occidental. Antes que Isabel I de Inglaterra, antes que María de Hungría, antes que cualquier otra figura femenina con poder efectivo.
Gobernó en un reino que fue pionero en parlamentarismo, derecho y organización política. León no era un territorio periférico, sino uno de los grandes ejes del poder europeo medieval. Y Urraca estuvo al mando.
Murió el 8 de marzo de 1126, con 46 años, tras una vida de batallas —políticas y reales—. Dejó a su hijo Alfonso un reino unido y fuerte. La ironía es evidente: lo hizo todo bien, pero la historia decidió castigarla por hacerlo siendo mujer.
Nueve siglos después, quizá ya va siendo hora de contar su historia como fue. Sin edulcorantes, sin prejuicios y, sobre todo, sin esconderla más.

Dos de ellos fueron condenados a tres años de prisión por los Sucesos de Sardina, donde la empresa SATRA no pagaba a sus trabajadores. Enrique fue condenado por la huelga de guaguas de los años setenta. Fueron golpeados y humillados. Todos creen que es necesario que se conozcan estas historias y frenar el avance de quienes quieren una "España en blanco y negro" y sin derechos
En las entrañas de Tefía: la prisión franquista que encerró a personas LGTBIQ+ y condenadas por la Ley de Vagos y Maleantes
Ramón Armando León Rodríguez, Manuel Vizcaíno y Enrique Caro tienen grabado a fuego en su memoria los años de dictadura. Saben lo que es vivir con miedo a que te arresten, lo que es sufrir golpes de la Guardia Civil, la precariedad que sufría el pueblo canario, vivir en la clandestinidad por miedo a que te descubran y no sepas que va a ser de ti… Todo ello, simplemente, por defender los derechos y libertades, por defender otra idea de España de la del Régimen represor que se había instaurado. Hoy dicen no entender los discursos que avanzan propiciados desde las redes sociales y la extrema derecha, que inoculan a la juventud consignas como que “con Franco se vivía mejor”. Es por ello que deciden volver a contar su historia: quieren visibilizar que la represión no solo se produjo en los primeros años del golpe de Estado, sino que perduró hasta los últimos días. Durante 40 años, la población vivió con miedo. “La represión ocurrió hasta la muerte de Franco, y la cárcel fue tremenda”, resume Armando.
Los Sucesos de Sardina del Norte, hito en el movimiento obrero de Canarias, marcaron la vida de Ramón Armando León Rodríguez y de Manuel Vizcaíno. Ambos fueron condenados a tres años de cárcel por participar en esa reunión con los trabajadores de la empresa SATRA que no pagaba desde hacía tres meses. Ese encuentro, que se celebró en la Cala Martorell en Gáldar finalizó con tiros de la Guardia Civil y con numerosas personas detenidas.
La primera vez que detuvieron a Ramón Armando era muy joven, pues tenía apenas 19 años. Se produjo en el contexto de las celebraciones del Primero de Mayo de 1966 y lo detuvieron junto a otro compañero. Él portaba unas banderas y si lo pillaban diría que iba a animar a un bote de vela latina que era de color rojo como la bandera. Recuerda que los llevaron a un cuartel de la Guardia Civil y después los entregaron a la Brigada Político Social.
Los encerraron en un calabozo pequeño y de madrugada sacaron a su compañero. Cuando regresó asegura que tenía el trasero en carne viva de todo lo que le habían pegado con un palo de madera y ahí supo la que se le avecinaba. “Me dieron una paliza, que me meé hasta los pantalones. Me amarraron en cuclillas tipo un pato y me empezaron a dar hostias”, resume. Después lo trasladaron a prisión donde pasó un mes y medio y al año siguiente le salió el juicio, del que resultó absuelto.
Explican que otros compañeros corrían otra suerte y te podían enviar a un batallón disciplinario en el Sáhara si estaban en edad militar. “Ese era otro mecanismo de represión, meterlos en el cuartel, quitar las licencias y llevarlos a África”, agrega Enrique Caro.
Manuel Vizcaíno cuenta que también estaba presente en la celebración de ese Primero de Mayo en el que se llevaron y golpearon a Ramón Armando, pero él pudo huir. Antes sí lo habían apresado por pertenecer al movimiento Canarias Libre en el año 1962. “No me dieron una brutal paliza como la de Armando pero sí bofetadas, empujones, me tiraban contra la pared…” Relata que él y compañeros les dieron un trato degradante. Después, les hicieron un consejo de guerra sumarísimo por rebelión militar y en su caso le cayeron seis meses y un día. Y una multa de 15 mil pesetas.
Los Sucesos de Sardina del Norte
Las vidas de Ramón Armando y de Manuel Vizcaíno están conectadas por la lucha en la izquierda canaria y por los sucesos de Sardina del Norte. Ambos cuentan que desde el Partido Comunista ya se habían celebrado numerosas asambleas con trabajadores por toda la isla de Gran Canaria: con aparceros, chabolistas, trabajadores del sector de la basura, de puertos… Consideran que la reunión con los trabajadores de la empresa SATRA fue “la gota que colmó el vaso” y que había infiltrados en esas reuniones. Hubo personas del partido que no estuvieron de acuerdo con la celebración de ese encuentro en la Cala Martorell, pero tuvo una gran acogida. El resultado fue: decenas de detenidos, entre ellos el líder del PCE en las Islas Tony Gallardo, y dos heridos de bala por parte de la Guardia Civil.
Enrique Caro, que era entonces estudiante de Biológicas de la Universidad de La Laguna, también estaba vinculado a esta lucha. Había estado presente en una reunión anterior pero ese fin de semana no pudo estar en Sardina del Norte porque tenía exámenes.
Ramón Armando y Manuel Vizcaíno cuentan que primero pasaron por la prisión de Barranco Seco y después los trasladaron a Cádiz. Ambos guardan muy bien los recuerdos de aquella travesía en barco en la que iban esposados y que no les daban de comer. Fueron tres días de viaje horribles, “nos trataron como si hubiéramos cometido un crimen”, lamentan. “Me dieron ganas de orinar y me llevaron esposado y acompañado con metralleta al baño”, asegura Manuel.
La primera cárcel por la que pasaron fue en Cádiz, que aseguran que los “metieron en la misma celda” en una prisión en malas condiciones. Después pasaron por una especie de mazmorras en el Puerto de Santa María. “Eran unas leoneras, con una cama de hierro”, explican. “Y cuando nos trajeron la comida era una especie de caldo de papas con un huevo duro podrido dentro”, afirma Manuel.
Tanto Armando como Manuel fueron condenados a tres años de prisión por los Sucesos de Sardina del Norte, es decir, solo por querer ayudar a los trabajadores y apoyar la lucha obrera. Unos juicios que además se realizaban sin garantías. La mayor parte de la condena la cumplieron en Soria juntos. Explican que según el grado de la condena ibas a una cárcel u otra y que muchas veces eran castigados por ponerse en huelga de hambre porque querían conseguir el estatuto del preso político. En esa cárcel guardan historias como que coincidieron con presos de ETA y que se les propuso fugarse, pero que ellos declinaron porque sería pasar a la clandestinidad.
En esas huelgas de hambre Armando recuerda que se quedó pesando en una de ellas 30 kilos y Manuel señala que una la terminaron un 31 de diciembre. Las sanciones por hacer estas huelgas implicaban ir a la celda de castigos donde les quitaban el colchón por el día y se los daban por la noche. Tampoco les dejaban salir al patio.
Sus vidas quedaron truncadas esos tres años. Ramón Armando era electricista de profesión y Manuel profesor de natación, pero tenían compañeros que en aquel tiempo ya eran padres con niños pequeños. Además, una vez salías de prisión lamentan que te impedían sacarte el pasaporte, que no podías trabajar en un cargo público… “Es que te quitaban todo”, subraya Armando.
Mujeres valientes, protagonistas y grandes olvidadas
También explican que las mujeres son las grandes olvidadas y protagonistas de esas historias de la represión durante la dictadura, ya que les apoyaban, ayudaban en la cauda. Por ejemplo, en los Sucesos de Sardina del Norte varias mujeres se encerraron en la catedral de Santa Ana en 1968 en señal de protesta.
El blog de Pedro Medina Sanabria, donde se recogen numerosas sentencias de tribunales militares a represaliados del franquismo en Canarias, entre ellas las sentencia de todos los condenados en los sucesos de Sardina del Norte, añade una nota en la que se refleja que cuando los familiares de los presos acudieron al Puerto de Las Palmas a despedirlos porque marchaban en un barco a la Península, el Jefe de los Inspectores de la Social, Heliodoro Pérez Díaz, al pasar en su coche oficial, lanzó el improperio “Ahí van esas putas”, a lo que Ana Morales Ruiz y María Victoria respondieron, por lo que fueron golpeadas y condenadas ellas por supuestos insultos a la autoridad cuando fueron ellas las insultadas.
Enrique Caro es muy insistente en que las mujeres formaban parte de esa red de solidaridad sin la que no hubiera sido posible esa resistencia al Régimen y que se le pudiera hacer frente desde la clandestinidad.
El periplo de la huida de Enrique Caro
La historia de Enrique Caro viene en parte contada en el libro ‘Una isla de libertad en el mar del franquismo. La Universidad de La Laguna durante el rectorado del doctor Benito Rodríguez Ríos donde recoge que entre mayo y junio de 1972 era estudiante de Biológicas y estuvo en la prisión de Santa Cruz de Tenerife porque fue condenado a tres años por desórdenes públicos relacionados con la huelga de guaguas del año 70. “Fue condenado a través de un procedimiento extraordinario dentro del Tribunal de Orden Público”, detalla el libro.
Caro explica que era un militante conocido y que la policía lo tenía muy vigilado. Explica que su primera detención se produjo cuando tenía apenas 17 o 18 años y le dieron un cachetón y un golpe en la espalda. Después de eso hubo otras detenciones más, pero asegura que “tuvo suerte”. Una de las anécdotas que cuenta es que escapó en un momento importante en el que le rodearon la puerta de su casa, un edificio de seis plantas. Logró bajar por las cañerías y llegó primero donde estaba el piso de Romero Pi, simpatizante del Partido Comunista y su pareja. Ambos le escondieron en una habitación y aseguraron que no podían abrirla porque se trataba del cuarto de un compañero de Lanzarote que lo cerraba cuando se iba a su casa y preguntaron si traían orden de registro.
Mientras tanto, como había un guardia en la puerta, Enrique consiguió saltar la casa de Gilberto Sigú, funcionario y veterano militante del PCE. Después de ese acontecimiento, se fue al Rectorado, se puso en contacto con el partido y con Jerónimo Saavedra.
En el libro se explica que Enrique Caro, enterado del motivo por el que sufría acoso policial, por su condena en rebeldía, decidió presentarse para su ingreso en prisión y así eludir su paso por comisaría donde lo esperaban las BPS (Brigada político social). La intervención de Jerónimo Saavedra fue determinante, explica ese libro y él, con el apoyo del rectorado, ante el juez para evitar su paso por la comisaría. En prisión, Enrique Caro explica que coincidió con figuras como Tony Gallardo.
Caro señala que durante el estado de excepción el partido le dijo que debía permanecer escondido y asegura que pasaba muchas épocas en casas de personas que le ayudaban y que también se ponían en riesgo. Por ello, ensalza toda esa red de personas cuya labor fue fundamental. Estuvo escondido una época en Lanzarote, en Famara.
Militancia en las venas
La historia de Enrique Caro está vinculada con la lucha antifranquista en sus venas y le viene de familia. Su abuelo paterno, Enrique Caro Aguilar, fue preso y también su abuela materna. Ambos fueron víctimas de la depuración del Magisterio en Gran Canaria. Cuenta que su padre fue también depurado como alumno y su abuelo materno, funcionario de Correos, y presidente de la Agrupación Local del PSOE de Las Palmas de Gran Canaria, Andrés Zamora, fue detenido a mediados de septiembre de 1936. Fue preso en el campo de concentración de Gando junto a 10 presos canarios, todos ellos con responsabilidades en la República los trasladaron a la Península y a finales del 36 fueron asesinados en Talavera de la Reina por una brigada de falangistas canarios. Se trata de la historia conocida como los Diez del Domine. “Mi familia sobrevivió gracias a la solidaridad de Socorro Rojo y amistades”, asegura.
Ramón Armando, por su parte, también rememora que su abuela era una luchadora y Enrique Caro incide en la importancia de la transmisión familiar. “Mi madre junto a sus hermanas, que les llamaban las tres hermanas Zamora, iban a visitar a los enfermos de San Martín, a los enfermos rojos. Estas tres hermanas dieron la cara porque eso era un riesgo también”, resume mientras enseña un libro titulado Las musas cautivas en el que se recogen unos poemas a estas hermanas.
“Cuando salíamos de la cárcel la gente no te saludaba”
Los tres entrevistados apuntan que había un señalamiento y un miedo cuando las personas pasaban por prisión. “Cuando sabíamos de la cárcel, yo hablo en mi caso, pero la gente tenía tanto miedo que no te saludaba”, asegura Ramón Armando.
Manuel Vizcaíno explica que él llegó a sufrir represión en su puesto de trabajo pues estuvo unos años que no podía ejercer en el Conservatorio de Música. La respuesta que encontró es que los comunistas alí no podían trabajar aunque más tarde lo incorporaron de nuevo.
Los tres entrevistados insisten en que es muy importante que historias como las que ellos vivieron se conozca, que se sepa que el horror que se vivió en la dictadura de Franco se produjo durante sus cuarenta años. Manuel Vizcaíno agrega que la juventud no es culpable, ya que el sistema educativo no ha hecho todo lo posible para que se conozca la historia.
Ramón Armando, Manuel Vizcaíno y Enrique Caro temen el avance de la extrema derecha y no entienden que se pueda apoyar a un partido que pretende llevar a “España en blanco y negro”, apunta Armando, que recuerda que en la dictadura una mujer no podía abrir una cuenta corriente y estaba tutorizada por los hombres. “Todos éramos reprimidos, pero la mujer doblemente”, insiste. “Es un problema heredado de cómo se inicia la transición”, agrega Enrique Caro“, mientras se ensalzan en un debate que concluye en que es necesario no olvidar esta historia silenciada para nunca volver a repetirla.