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Mathieu van der Poel consigue su octavo mundial de ciclocross y supera los siete títulos del histórico Eric de Vlaeminck
Identificación fotográfica] 01 Febrero 2026, 18:15

Como el camarero del karaoke que después de 25 años poniendo copas de madrugada tiene los oídos anestesiados a chillidos, gallos y chirridos, y ni siquiera pude disfrutar de las maravillas repentinas, tan ajeno está ya a la música, sordo al horror y a la belleza, indiferente, así, quizás, los aficionados al ciclismo, tantos años malacostumbrados a los conciertos de los divos, tan magníficos y superiores siempre, que ya muchas veces solo despiertan aplausos aburridos y repetitivos. Sin emoción. Sin misterio. Cuando Remco Evenepoel, en cualquier carrera, o Tadej Pogacar, arrancan lejanos, el ataque más deseado por los aficionados hartos de tacticismos y miedos, la emoción que despiertan luce un segundo. Después, ellos mismos la asesinan. En ese momento, a 100, a 50, a 30 kilómetros de la meta ya se sabe qué pasará, y en el barro de Hulst y sus taludes, ciudad del sur de Holanda más cercana a la Amberes flamenca que a cualquier otra gran ciudad de los Países Bajos, sobre el tapiz de hojas rojas, desnudas las ramas de los árboles, en un circuito dibujado laberíntico en un parque hermoso con un laguito, cuando Mathieu van der Poel, mediada la primera de las ocho vueltas de la carrera ya va primero, el ¡hala!, ¡qué bárbaro!, se convierte rápido en un ¡ufff!, no se caerá o pinchará al menos para que el Mundial encuentre algo de suspense. No, no se cae. Por delante, una hora de exhibición de velocidad y prudencia. Buen cuidado tiene en no forzar ni su máquina ni su bicicleta, hermoso, armonioso con el cuadro su cuerpo, lejos de él la violencia de los esfuerzos exagerados, un centauro con manos como garras para agarrarse a las manetas del manillar y elevarse a veces sobre el barro, y hasta volar, y todo fluye. El resto fue cálculo. Y sus calcetines blancos, sus botines blancos, de niño de primera comunión, terminan impolutos.

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