01 Enero 2026, 12:15 Cuando los veinteañeros de los Indianapolis Colts con los que Philip Rivers comparte vestuario le llaman abuelo, un apelativo ineludible para alguien de 44 años, no es una forma de hablar. Lo es. Cuando recibió la llamada del dueño de la franquicia, Carlie Irsay-Gordon, un año mayor que él, estaba en el confort de Fairhope, en el corazón de Alabama, como entrenador de instituto. Cuando ponía la tele para ver NFL, la liga de la que se retiró en enero de 2021, se hacía la pregunta de muchas viejas glorias: “¿Podría seguir jugando?” Pero era más probable que la respondiera Gunner, uno de sus diez hijos, que él. Dijo que sí, que se sometía al experimento de volver a ser quarterback ante una jauría de defensores que viven para cazarlo. Un mes después, puede volver a casa diciendo que aún podía jugar, pero sin el final de Hollywood. Hasta llegaron a preguntarle qué actor quería para su papel. “Para hacer una película, primero tendré que ganar un partido”. Lo intentó, pero sus tres encuentros —ante lo mejor de la liga— acabaron en derrota. Sus hijos solo le pidieron una cosa: “No des pena”.