Un hombre corpulento de 1,90 metros, en bermudas y sin camiseta, espera, con la mano apoyada en la cintura, a que su perro haga sus necesidades en una esquina. El animal se pasea por la parte trasera de una vivienda, cerca de un muro de ladrillo visto gris. Junto a él, en una especie de descampado, hay varios vehículos aparcados. De pronto, la puerta lateral de una furgoneta blanca, aparcada a dos coches de distancia, se desliza y salen tres policías vestidos de calle, corriendo hacia él. Uno lleva chaleco antibalas por fuera y pasamontañas. “¡Policía, quieto! ¡Policía!“, le gritan. El hombre sin camiseta, que va en chanclas, huye hacia una vivienda cercana, pero no logra entrar en la casa. Antes le colocan los grilletes.